Viviana Mellet

Lima, Perú
Ha publicado el libro de cuentos La Mujer Alada (Peisa, 1994). Fue seleccionada en la Antología del Cuento Latinoamericano del Siglo XXI (Julio Ortega)
Roland Forges hace un excelente análisis de su libro en Mujer, creación y problemas de identidad en América Latina.
Sus cuentos han sido traducido a varios idiomas.



LA OTRA MARIANA

La luz. Ernesto se levanta para encenderla. Esta hora siempre lo llena de zozobra.  El cielo se pone lívido y las nubes parecen apurarse, como la gente que, en la calle, corre para alcanzar el colectivo.  Los fluorescentes parpadean antes de iluminar la oficina mientras Ernesto vuelve a su escritorio.  Termina de anotar números en una planilla, la dobla y la deposita en una gaveta. Luego ordena unos papeles, guarda la agenda dentro del cajón, se pone el saco y sale.

En el vestíbulo del edificio el portero toma café con bizcochos.  Se le hizo tarde otra vez, le dice, tocándose la gorra a manera de despedida.  Él le responde encogiéndose de hombros.  Habrá que tomar un taxi, qué remedio, sin auto y a esta hora.  No está acostumbrado a caminar por el centro.  Normalmente, entra y sale en auto. Con el tránsito sí sabe defenderse.  En cambio a pie tropieza con la gente,pisa la mercadería de los ambulantes, roza las paredes inmundas.

Detiene el primer taxi que divisa libre entre el barullo de los autobuses y sus bocinas.  Sube como quien se aferra a un salvavidas.  Ya adentro se da cuerta de que es un carro destartalado, con los asientos cubiertos de  cretona descolorida y sucia.  Huele a pescado y el conductor parece ser de los que hablan de política.  Él no tiene ninguna gana de conversar, pero mientras el auto alcanza la avenida siente un gran alivio, casi felicidad.  Va camino a casa.  El aire que entra por la ventanilla malograda lo despeina, se lleva el olor a pescado y el centro va quedando atrás.  También van quedando atrás los edificios enmohecidos y la muchedumbre, y la noche se define ya sobre los árboles de la avenida.  Recién repara en que el taxista no ha tomado la vía expresa.  ¡Demasiado tarde!  Es de los que les gusta conversar y no le importa demorarse con los semáforos cada dos cuadras; esto es más bien un agradable pretexto para prolongar la charla.  El hombre le está contando una nueva versión de la última bola que la ye comentaron a la hora del almuerzo: el surgimiento de un nuevo grupo terrorista, al parecer de extrema derecha.  Él responde con monosílabos.  Sólo piensa en llegar a casa, pegarse un duchazo y tomarse un whisky en las rocas en el saloncito a media luz.  Hoy fue un día de miércoles.  Es miércoles y él sólo quiere sentarse en el saloncito  media luz y ver un vídeo. El taxista insiste en que el nuevo grupo terrorista es el resultado de los pésimos sueldos de los policías, que ahora están resentidos con el gobierno.
Ernesto aprueba, alguna película con muchos exteriores, mucho verde y mucho azul; una mujer rubia como Ursula Andress o Bo Derek, en una playa tropical o algo así.  Sí... efectivamente, muy mal pagados los tombos.  El taxista se ha entusiasmado en su plática porque hay algo que obstruye el tránsito; un ómnibus inmenso de lado a lado.  Y ahora, con el auto detenido, puede especular a sus anchas sobre lo que dirá esa no he el ministro del Interior.

Es entonces  cuando Ernesto la ve. "¡Mariana!", piensa.  Bajo la luz verde de un aviso de neón su palidez se acentúa dándole un aire fantasmal.  Es fantasmal, además, la aparición, pues se trata del negativo de Mariana.  Idéntica, pero opuesta.  Lo que en Mariana es esbeltez, en la muchacha es debilidad; lo que en Mariana es vivacidad, en la otra nerviosismo; lo que en una es atributo, en la otra es imperfección. El taxi sigue detenido.  Ernesto paga.  Me  bajo aquí, dice, sin esperar el vuelto.  Si no fuera porque sabe que en estos momentos Mariana debe de estar accionando el control remoto, la puerta del garaje abriéndose suavemente, las llantas del Jaguar estrujando como celofán el cascajo del porche, juraría que lleva una doble vida.

Tienes una doble, le diría más tarde, igualita a ti, caminando por otras calles, viviendo una vida en dirección exactamente opuesta a la tuya.  Si no fuera porque sabe que Mariana regresa del vernissage de la Chichi, feliz con su nuevo Márquez.  La sigue subyugado por el fantástico parecido y por la direfencia abismal. Y porque siente que ha ingresado a otra dimensión de espacio y de tiempo, y que él también se ha desdoblado, y que el hombre que camina detrás de la muchacha no obedece ya a su voluntad.
El pelo le llueve sobre los hombros -opaco, sin cremas, sin tratamientos, sin hebilla de carey- a esta caricatura de Mariana que libera el seguro de un coche oxidado y lo empuja con una mano.  La otra la tiene ocupada con una bolsa llena de pan.  El niño que va a pie se coge de su falda, lloroso.  Upa, le pide.  Ella lo mira con desasosigeo y le dice algo que Ernesto no alcanza a oír.  Está a unos diez metros y ha empezado a seguirla sabiendo que es absurdo, pero que lo hará de todos modos. La muchacha se interna por una calle oscura.  Unos palomillas juegan pelota en la pista.  La pelota alcanza al niño que transforma su gimoteo en llanto franco y se niega a seguir caminando.  La mano de Mariana -pero sin anillos Cartier, de plata quemada con oro, de brillante ruso- Suelta el coche para  consolar con una caricia al niño que solloza.

El coche empieza a resbalar acera abajo.  Ella lo alcanza y lo detiene con brusquedad.  Ahora el bebe del coche también está llorando.  Tres panes han caído de la bolsa y han rodado hasta un charco.  Mariana -que no está acostumbrada a lidiar con los niños, porque para eso están las nanas- se impacienta, insinúa un pataleo, levanta la voz, pero temina por cargar al niño.  Echa a andar empujando el coche con la pierna. La pierna de Mariana que olvidó depilar, que no depila, que afeita con la prestobarba del marido.  Ernesto adivina la aspereza de la pantorrilla de la otra Mariana que dobla la esquina haciendo malabares con el coche.  Las lágrimas y los mocos del hijo resbalan por el hombro encorvado.  Ha oscurecido ya pero Ernensto continúa con la sensación de abandono del crepúsculo.  Por las ventanas que dan a la vereda ve los televisores encendidos en los comedores.  Las familias comen mudas, absortas en las palabras del ministro del Interior.  A esta Mariana se le acabó el gas, seguro, y esta noche, para la cena, servirá pan con palta y café con leche.  Está cansada y desesperada porque los dos niños lloran a la vez y todavía tiene que ir a hervir agua a casa de la vecina.

En casa, Mariana ha encendido la radio -hoy hay programa de jazz-, fuma un cigarrillo y, arrellanada en el sofá, decide que ya es tiempo de cambiar el tapiz de la chaise longue.  Tal vez algo como oriental y unas palmeras hawaianas detrás... y, en la pared, el nuevo Márquez... O no, mejor una ensalada de frutas y, parada junto a la carretilla del frutero, sus alpargatas percudidas pisan unas cáscaras de plátano.  Y a Ernesto le asombra cuánto tiene de Mariana, su Mariana sin las ventajas de su protección, de su amor y de toda su prosperidad.

Cuánto de vulgar y desdeñable en el cansancio de esta muchacha.  Y sin embargo, por qué Ernesto siente, a la vez, una amarga ternura.  Un riesgo en la vida de Mariana eliminado en el preciso instante de jurarle hasta que la muerte nos separe.  Entonces él todo se lo ofrece, porque una mujer así se merece lo mejor del mundo. ¿Qué se merece este calco borroneado de Mariana? ¿Acaso puede acercarse a ella y tenderle la mano? ¿Sacarla de esta dimensión  como si la arrancara de una viñeta? Y recuperar a Mariana de cuando todavía  todo era una posibilidad.  Hundir la cara en su axila tibia y jurarle, te voy a hacer feliz, Mariana, te voy a dar todo lo que te mereces, tendrás lo que se te antoje.  Pero, por favor, no cambies la mirada, no adoptes ese gesto de desdén en la boca, no pongas más esa cara de aburrida satisfacción.

Cruzaré la calle, piensa Ernesto, mientras la muchacha escoge unas naranjas.  Le daré la espalda y no miraré más a este remedo triste de Mariana.  Es cuestión de sólo cinco o seis cuadras y ya estará caminando por las calles arboladas de su barrio, llegando a su casa, sintiendo el crujir del cascajo bajo los pies y luego lo mullido de la alfombra.
Mariana le mostrará con suficiencia su nuevo Márquez y le anunciará que un shantung albaricoque le cae al pelo a la chaise longue.  Y Ernesto le dirá, envuelto en la bata de felpa, y con el vaso en la mano y los cubos de hielo tintineando, tienes una doble, Mariana; aquí cerca , al otro lado del parque.  Ella lo mirará desde el rabillo del ojo, que quién en ese barrio puede parecerse a mí, por favor, Ernesto...  Una muchacha en alpargatas, cargada de bolsas, cuyo hombro húmedo Ernesto desea tocar ahora, para rescatarla de su chata existencia y, acaso, recuperar una mirada.

Pero Mariana lo mira desde muy adentro de la historia en la que está atrapado. Lo mira con esa mirada de reproche y le está diciendo que qué hace ahí parado, que la ayude con las bolsas, que se le acabó el gas, caramba, que cuándo le comprará el balón de repuesto. ¡Carga, pues, hombre! -le está diciendo, malhumorada, como siempre-. No puedo con tanto peso. ¡Ah! Y te advierto: no hay ni gota de agua.



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