Martin Palma Melena
Lima, Perú. Abogado de la Universidad Particular San
Martín de Porres (Lima, Perú). Diplomado en Comercio
Internacional avalado por la Asociación de Exportadores Peruanos
(ADEX) y por la Universidad Estatal de Portland (USA). Estudios de
maestría en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia
Universidad Católica del Perú (candidato).
Uno de los diez seleccionados en la Primera Edición de Cuentos Cortos de la BBC de Londres (Dos Palabras, 2005).
Publicaciones en El Hablador (Perú), Cinencuentro (Perú),
Peruviannews.com.pe (Perú), CinemaNet (Barcelona),
Letralia (Venezuela), Cañasanta (Canadá), Adamar
(España), Sane Society (España), La Lupe (Miami), Piel de
Leopardo (Chile), Narrativas (México) y en la sección Lo
más destacado de Blogueratura (México).
Escribe en en el blog Carta Náutica: http://cartanautica.blogspot.com
¿Quién me trae los regalos? (cuento navideño)
Cada 24 de diciembre, mi madre solía llevarnos a pasear desde
muy temprano a mí y a mis hermanos porque nos decía:
«El Niño Dios es tímido y no le gusta ser observado
cuando deja los regalos al pie del árbol navideño».
Mi padre no nos acompañaba porque esa fecha debía
trabajar hasta el mediodía, aunque siempre se las ingeniaba para
darnos el alcance horas después…
Cuando regresábamos a casa a las 5 de la tarde, mi madre nos
advertía con mucho recogimiento: «El Niño Dios ya
nos visitó porque los regalos están al pie del
árbol, pero los repartiremos a la media noche». Esos
comentarios avivaban mis fantasías: imaginaba a un Niño
Jesús en pañales que, arriesgándose, había
trepado casi clandestinamente la ventana de mi casa para traernos los
juguetes. Por tanto mi entusiasmo en Navidad consistía en
recibir un obsequio que había deseado por mucho tiempo y que,
además, había estado en Sus Manos. Es decir: estaba
tocando algo que el Niño también había tocado.
Aunque en aquel entonces sabía que el Niño entraba a
nuestro hogar con conocimiento de mis padres, eso no le restaba
méritos porque igual corría riesgos exponiéndose a
muchas cosas. ¿Qué tal si los vecinos lo
descubrían al entrar en pañales por nuestra ventana con
nuestros juguetes bajo el brazo? ¿Cómo hubieran
reaccionado ante tal situación? Pero esas dudas me las
despejó mi madre explicándome que en realidad el
Niño no entraba sólo a nuestra casa sino a todas las
casas, así que no sólo los vecinos sino hasta los
policías lo reconocerían si lo veían…
Entonces le pregunté a ella cómo hacía el
Niño para distribuir regalos en todos los hogares del mundo en
pocas horas. Me contestó que Él podía hacerlo
porque tenía el don de la ubicuidad: podía estar en todos
los sitios a la vez… También le pregunté por unas
medias rojas con franjas blancas que solían ser parte del
decorado navideño. Pero esta vez sólo me respondió
que en algunos países el Niño Dios dejaba los regalos
allí…
Mis dudas comenzaron aquel diciembre en que ya tenía cinco
años. Las celebraciones navideñas estaban próximas
y mi familia fue a visitar a unos tíos: Rodolfo y Carla...
La tía Carla siempre tenía maneras originales de distraer
a los pequeños para que dejaran a sus padres charlar tranquilos
aunque sea por un rato. Aquella vez nos trajo para colorear unas
fotocopias en blanco y negro con un dibujo de Papa Noel. Nos
comentó que él nos traía los regalos para
depositarlos en unas medias rojas que todos debíamos colgar
cerca de nuestras chimeneas (aunque ni mi casa ni la de ella
tenían una). Yo le alegué que en realidad era el
Niño Jesús quien traía los regalos, los cuales
colocaba al pie del árbol navideño o en esas medias
rojas, según el país. La tía Carla quedó
ensimismada, pero agregó que Papa Noel era el asistente del
Niño Dios, quien quizás no se daba a basto para repartir
tantos regalos en pocas horas a todos los niños del mundo. Yo le
repliqué que eso no podía ser porque el Niño
tenía el don de la ubicuidad y, por tanto, no necesitaba de
ayuda alguna… Talvez la tía desconocía el don de
la ubicuidad porque dijo que estaba apurada y que tenía
qué hacer…
Papa Noel no me era una figura desconocida. En Navidad siempre lo
veía representado en dibujos, figuras y adornos en muchas casas,
auto servicios o centros comerciales. Sí me había
percatado que llevaba una bolsa de regalos pero nunca imaginé
que era el asistente del Niño Dios. En realidad nunca tuve
razones para preguntar quién era. Quizás era el abuelito
de Jesús, pero entonces debía usar sandalias y una
túnica, como San José o los apóstoles, y no ese
traje rojo y botas…
Ya de regreso a la casa le hice varias preguntas a mi madre.
¿Los regalos los traía el Niño Jesús o Papa
Noel? ¿Por qué Jesús necesitaba un asistente si
tenía el don de la ubicuidad? En la disyuntiva entre decirme la
verdad o desacreditar a la tía Carla, mi madre sólo me
comentó escuetamente de que Jesús traía los
regalos sin ninguna ayuda y cambió de tema…
Preferí no insistir…
Finalmente llegó el 24 de diciembre. Mi padre como siempre
debía trabajar hasta el medio día y mi madre nos
llevó a pasear desde temprano, porque supuestamente
debíamos darle tiempo al Niño para que dejara los
obsequios en casa: por primera vez empezaba a desconfiar de una
tradición familiar, aunque no sin remordimientos…
Aquella Navidad había pedido un auto a control remoto que ya me
lo tenían prometido, pero esta vez no sabía si quien me
lo traería sería Jesús o su asistente. Ya no
tenía certeza que el obsequio que habría de recibir
hubiera sido tocado por el Niño. Algo había
cambiado…
Mi madre llevó a mis hermanos y a mí a comer helados y al
cine. Mi padre no pudo darnos el alcance aquella vez porque
había tenido más obligaciones de las acostumbradas.
Cuando estábamos en la cola para comprar las entradas, le
pedí permiso a mi madre para ir al baño. Me
respondió que en el cine había uno, pero como yo
sentía un gran apremio miró por todos lados. El cine
quedaba en un centro comercial así que debía haber un
baño por algún lado… Finalmente ella divisó
uno y me lo señaló diciéndome que no demorara, que
no me fuera a ningún otro lado y que me estaría
vigilando…
Al recorrer el patio del centro comercial, observé algunas
tiendas de juguetes. Allí muchos adultos compraban obsequios.
¿Acaso ellos no querían que el Niño o su asistente
dejaran los regalos para sus hijos en sus domicilios? Preferí no
seguir pensando… Ya estaba llegando a mi destino cuando mi
apremio desapareció repentinamente. Había una tienda por
departamentos con un gran vitral, donde a la distancia vi a mi padre
con una empleada que le envolvía unos regalos. Todo me
quedó claro: era él y no el Niño el que dejaba los
juguetes junto al árbol. Mi padre pareció sentir que lo
observaba porque al girar la cabeza nuestras miradas se
cruzaron… Me había visto…
Al regresar del baño le dije a mi madre que había visto a
mi padre. Pero omití lo de los regalos para no incomodarla. Ella
sólo me dijo parcamente que ya había hablado con
él y que nos daría el alcance en la casa…
Llegamos a casa a eso de las 6 de la tarde y mi padre nos esperaba. Me
llevó a un lado y me hizo algunas aclaraciones. Nunca me
había mentido atribuyendo el mérito de nuestros obsequios
a Niño Dios. Agregó: «Es gracias a Él que en
la casa no falta nada y que he podido comprarte ese carro a control
remoto». Yo le contesté que creía que mis juguetes
habían sido tocados por Él. Mi padre quedó
pensativo, pero contestó: «En cierto modo lo hace pero a
través mío».
Aquella Navidad fue la primera vez que ya no imaginé al
niño Jesús con pañales, que entraba furtivamente a
mi casa. Él no necesitaba hacerlo porque los regalos me los daba
por intermedio de mis padres. No por eso sentí que había
perdido la inocencia ni nada parecido. Pero aun así yo nunca
desmentí a aquellos niños que en las vacaciones de verano
decían que Papa Noel les había traído esto o
aquello… Ya con el tiempo sabrían cómo eran las
cosas… Aunque si venía al caso aclaraba que Papa Noel era
el asistente de Jesús…
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