Cuentos y relatos

Ulises Gonzales García (Perú,1972)
Comunicador, actualmente estudia una segunda especializacion en periodismo en Lehman College, New York. Es corresponsal de la página de opinión del diario La Opinion de La Coruña, España, y tiene en proceso de publicación el libro de poesía   "Morena tierna", y en correccion dos novelas breves y su coleccion de relatos: "El Culto del Tabaco".

 

HABRÁ QUE SALTARLAS

Estoy harto. Camino por las  calles de Lima que están en calma y en silencio, subo a un colectivo atestado, ametrallo a la gente que grita y se contorsiona. La gente recibe las balas, mas no veo sangre. El chofer pide que me baje. Me apeo en una esquina y sigo caminando. Hay más automóviles inmóviles, más colectivos, más gente como yo marchando al borde de la calle con una metralleta en la mano. Lima se ve despintada y gris.

Sigo marchando sobre el borde de la avenida Javier Prado. Mientras marcho, tiemblo. Tengo un aterrador presentimiento y una carga de furia acumulada.

“Estoy harto,” sigo pensando. Y si bien no hay ruido alrededor, en mi cabeza escucho el sonido de las bocinas. Veo un grupo de gente que pelea con un policía que pide dinero en una esquina. Dirijo hacia él mi metralleta y empiezo a disparar, pero él no siente nada, sonríe y se acerca a pedirme dinero para resolver mi problema. Yo no quiero escucharlo.

Mi problema es no verla a ella. “Tengo que verla, hablarle, decirle cuanto la quiero,” pienso. Me  alejo de ese grupo y sigo caminando.

La chica que quiero ver con desesperación, está contestando el teléfono en una oficina y no piensa en mí. Piensa en salir rápido del trabajo e ir esa noche a bailar  Me introduzco por una  callejuela. Me detiene un hombre alto vestido de marrón, me dice que no puedo pasar que aquella calle es propiedad privada. “Yo sólo quiero ir a ver a mi chica, sólo quiero pasar,” le replico.  “¿No ve la tranca?” me dice.

En ese momento no quiero ver nada. Le disparo.

Escucho el ruido de las balas pero él no tiene signos de haber sido acribillado. sin embargo se ve muerto y eso para mí es suficiente.  A esas alturas, la ciudad me asfixia.

Para llegar hasta su oficina hay que seguir marchando por el borde de la avenida. Me alivia saber que estoy yendo a verla. Sonrío. Nada puede salir mal esta vez, Ella me va a entender. Y me va a querer.

Sale de su oficina. Tiene unos ojos hermosos, un par de piernas largas y muslos gruesos.  Pero ella me habla y no la escucho. “¿Qué dirá?” No la entiendo. Trato de hablarle de mi hartazgo, de mi impaciencia, de mi desesperación por escapar. Se lo repito pero no me hace caso o no me entiende.

“Recuerdo en algún momento haber subido a un avión, recuerdo un aeropuerto. Ya estuve harto tantas veces y opté por irme,” le digo. “Ahora quiero quedarme , quiero estar aquí, pero quisiera cambiar esta vida ruinosa, esta manera agitada de ir marchando siempre a empellones.” Le hablo de las injusticias, de la violencia, de la poca dignidad de andar por este lugar sin trabajo, sin cultura, sin dinero, sin comida. Le hablo de la desgracia de vivir a medias.

No parece escucharme. Ella  está hablándome de sus amigas, de sus ganas de ir a una discoteca. Pero también dice que me quiere, sonríe cuando me mira y me da un cariñoso beso de despedida. La veo marcharse. En ese momento decido no volver a verla nunca más.

Sigo caminando sin encontrar nada que me agrade. Todo parece seguir igual que cuando decidí largarme. Siento calor. Sudo. Eso tampoco lo soporto, se me pega la camisa, siento la frente húmeda y el pelo grasoso.

“Es extraño ­pienso­ no sé por qué quiero a esta ciudad. Debe ser porque aún tengo familia y unos cuantos amigos con los cuales conversar.” Me acerco hasta un teléfono. Llamo a un amigo  y él aparece. Ahí, en ese instante, al lado de la cabina. “Sabía que podía contar contigo.” le digo.

“¿Qué pasa?” me pregunta. “Es que estoy harto. No sé como explicártelo de otra manera. Es que no sé cómo puedo aguantar seguir viviendo en este lugar.”

Le cuento que he matado unas personas esa mañana subiendo a un colectivo. Me escucha, atentamente. Y me invita a comer un cebiche. Él conoce un sitio donde cocinan rico y muy barato.
“Estoy sin un cobre,” le digo.
“No importa, yo invito, para eso están los amigos.”
La cebichería queda cerca, así que caminamos. En el camino he tratado de hablarle de lo que siento, pero hemos terminando hablando de lo mismo de siempre: mujeres. Él me ha contado de la última chica que conoció, de sus tetas, su culo, de cómo se la tiró. Y de sus problemas porque ella ha quedado embarazada. Yo le hablo de los míos, tratándome de reir de lo que me pasa.

Comiendo cebiche entiendo un poco por qué quiero quedarme. Me gusta esto, estar entre estas paredes de cañas y oler el pescado tendido en el plato. No me gusta que él pague todo, pero otro día le invitaré yo. Quedamos en tomar sólo una cerveza pero terminamos tomando doce. Siempre me pasa lo mismo en Lima. Esta vez termino sobrio. Él sale de la cebichería tambaleándose y yo lo acompaño  hasta su casa. No le ha gustado que yo no esté ebrio. No me lo explico porque yo siempre termino borracho.

Nos despedimos.

Desde allí está  muy cerca la playa. Camino al lado del mar y me calmo un poco. Me gusta el paisaje de las olas reventando, de la neblina que ralea conforme avanza el dia.

Sigo caminando al borde del mar hasta el mercado de pescadores. Me miran extraño, tal vez porque soy el único vestido diferente. Parece que mi sobretodo les gusta. “Tal vez me lo quieren robar,” pienso. El olor del mar me hace recordar los mejores momentos de mi vida. Y me calma un poco. Un pescador me ofrece llevarme en bote hasta el Morro Solar por quince soles. “No tengo dinero,” le digo. Pero introduzco las manos en los bolsillos y encuentro un billete de veinte.  “Debe haberlo dejado mi amigo,” pienso. Pago y subo al bote. El pescador se da una vuelta en ‘U', y me pide que me baje. “Ya terminó.” dice él. Me ofendo. “Dijo hasta el Morro Solar, no hemos llegado,” le recrimino.

Como no parece hacerme ningún caso, cojo mi metralleta debajo del sobretodo y le explico.  No sé si él ha entendido pero ha caído al mar sin que lo toque. Veo su cara como se va hundiendo debajo del agua, lo veo sonreír, parece feliz de morir. “Ahora que tengo un bote, podría irme por allí, darme una vuelta,” pienso.

Desde tierra un grupo de policías me ordena que desembarque inmediatamente. Gritan que los acompañe a la comisaría sin resistencia. No lo voy a hacer. Prefiero seguir por el mar que siempre me ha gustado. Pienso que debería irme mucho más al sur, hasta Silaca, la playa donde he pasado tan buenos momentos. Pero la gasolina se va a acabar.  “Intentaré desembarcar un poco lejos,” pienso. Llego hasta una playa de arena blanca, con casas grandes y blancas, donde un par de gordos en ropa de baño me hacen señas que no descienda.

Desaparecen los gordos y aparecen muchos perros. Cientos de perros que me ladran. Parece que los escuchara hablar. Y que hablaran con la misma rabia que yo siento. Disparo mi metralleta hacia el aire, no quiero matar a los perros, pero ellos no hacen caso. Disparo contra ellos. Huyen. Y veo algunas chicas que deben ser las empleadas de servicio porque tienen la piel cobriza y los ojos en el suelo y el pelo negro azabache y  largo, avanzando hacia  mí sosteniendo una pancarta blanca enorme con letras rojas: Playa Privada.  Detrás de ellas, veo niños muy blancos y rubios jugando en la piscina y algunos gordos bajo las sombrillas, tomando licor, aparentemente despreocupados de lo que sucede en la orilla.

A todo lo largo de la playa y en las playas contiguas hay muchas chicas cobrizas desnudas  sosteniendo carteles de Playa privada. Al final veo unos riscos y me acerco, la gasolina se acaba mientras yo desembarco. Tengo los zapatos hechos mierda. Llenos de barro en la basta. El sol está muy alto. Camino por la arena, rumbo a la carretera que se divisa muy al fondo como una lengua negra. Ha sido un día muy largo y yo muero de sed. Caigo sobre la arena, no puedo seguir más.

Un jeep militar se acerca levantando polvo. Dos militares se apean, me quieren interrogar “Este debe ser el que mató al pescador en la mañana,” dice uno.  “Tiene buena pinta, no parece un asesino,” dice el otro.

Yo los escucho mas no puedo verlos, no consigo abrir los ojos. Pero tengo la sospecha que rebuscarán, encontrarán la metralleta y me aprehenderán. “¡Amigo!” gritan. “¡Levántese!” Siento unas botas en la rodilla. “¡Levántese! No puede estar acá. Es zona militar.” Abro los ojos y  me enseñan un cartel blanco con letras negras: “Zona Militar.” “¡Aléjese!” me grita uno. Les pregunto si me pueden llevar hasta una carretera. Se miran entre ellos, las gotas de sudor resbalan desde sus gorras militares.  “Bueno suba,” me dice uno. Me acomodo en el jeep. Y ellos se ponen a hablar. Es un viaje largo. Parece que están tramando un golpe militar, parece que obedecen órdenes. Me he sentado encima de un montón de cartas, cientos de cartas abiertas. Me sorprende ver que una carta de aquellas es mía, una de las tantas  que envié desde el extranjero y nunca le llegaron a mi madre. La saco del paquete y veo el sobre abierto y dentro muchas fotos que envié a casa. Todas están abiertas. Pregunto qué hacen allí esas cartas y me responden que van a quemarlas.

Estoy harto.

No sé  cómo encuentro fuerzas ni cómo aparece mi metralleta otra vez. Pero allí está a mi lado y disparo. Los cuerpos caen y yo me apodero de las cartas. Quiero volver a repartirlas. Y sobre todo darle esa carta a mi madre donde le contaba que quería regresar a  verla. Tengo un carro, una metralleta y el desierto es casi absolutamente mío. Nada puede ir mal.
Sé que habra cercas, pero habrá que saltarlas.

 


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