ESCRITORES LATINOAMERICANOS CONTEMPORÁNEOS

MIGUEL ÁNGEL ZAPATA

Camino a Logroño
                                                            Para Alfonso Martínez Galilea

Salgo a la estación del autobús.  El cielo extrañamente gris baja con el vaho a la ciudad. La noche anterior me había acostado temprano como nunca, y no creí más en las superticiones. Desnudo volví a pedir ante la sombra un poco de sosiego para mi alma agotada y perdida. Toda la noche el perro de Goya había estado lamiéndome los brazos, desesperado lloraba por su amo que salía de un pozo vestido de negro. El perro no podía ladrar de la pena, y me miraba con ojos lánguidos y movía ligeramente la cola.  Es que el mundo es un pozo, me decía, y estamos aquí para velar por el alma de nuestros amos. Y me repetía:  veo en tus ojos que tu alma es como la mía, pero no tienes cola.  Claro, le dije, pero en casa tengo un pequeño perro que vuela con un ángel desconocido por el vecindario.  Mi ángel decidió abandonarme por un tiempo pero  a veces lo veo en los ojos de mi perro.
Y ahora que voy por los campos verdes de Soria, veo decenas de ovejas pastando con algunos perros felices que esperan la lluvia de mayo con esmero. Nunca vi cerdos tan alegres regodeándose bajo el sol. Las vacas  cruzaban sin prisa los arroyos, y miraban de reojo a los perros mientras rumiaban de contento. Al perro de Goya le hubiese gustado estar aquí entre este celeste cielo y estas nubes que tocan las colinas.  Mientras observo el paisaje pienso en la distancia del tiempo y aquellos que quieren quemar tus sueños. Quería bajarme del autobús y correr por estos campos, y quedarme a escribir las primeras señales. Me esperan en Logroño, pensé: la lluvia y el cielo de Logroño, la vid y las flores de Berceo.  Vuelve a llover. Y de repente regresa el olor de los pinos, la neblina que los enciende con los pájaros, y vuelvo a ver el mar que por aquí no viene sino del cielo, con su forma de manifestar su presencia en mi cabeza.  Escribo en el cementerio con los mausoleos que alumbran a la rubia que corre bajo el agua.  Sus prendas interiores vuelan por el aire de estos valles, golpean la ventna del autobús.
Otra vaca hermosa bebe agua del arroyo: su único pasatiempo es mirar el agua y azotar a los insectos que viven en su enorme lomo. Sus orejas me escuchan hablar solo en el autobús.
 
 
 
 

La cama
Haz que tu ojo en la habitación sea una vela
                                                     Paul Celan
 

Tendido sobre la cama en una habitación de hotel leía “El tordo” de Turguénev. En este cuarto sin ventanas he sentido con mayor fuerza mis heridas.  Pero a diferencia del texto de Turguénev, mis heridas no eran de amor, y los nubarrones que yo sentía provenían de otra borrasca.  Sin embargo, sólo le pedía un milagro a la noche: conciliar el sueño.  Recordé la oración por los insomnes de Rilke y balbuceaba: “a quién debo llamar sino a tí, que eres oscuro y más nocturno que la noche, al único que, sin lámpara, puede velar sin miedo…”.  Abrí mi cuaderno y escribí unas palabras a lápiz que ya no reconozco.
Ví al mismo niño esperando el caballo de papá cruzar el puente del río salado.  Mi hermana Carmen miraba la polvareda que bajaba del cielo como un castigo.  Tendido sobre la cama no podía conciliar el sueño.  En otras ocasiones los pájaros siempre me aliviaron con su fuerza sólo comparable a la voz irracional de la naturaleza.  Las oraciones no llegaban a mi alma, se quedaban afuera entre el humo de las calles.  Orar es subir a la cima de tu alma.
Rebuscando entre mis libros recién comprados en La Gran Vía hallé por suerte uno de Celan, y estos versos:  “Las dos puertas del mundo están abiertas”.  Algo me tranquilizó, el Santo Santo, el Hosana, Hosana aquí en las alturas de este cuarto, entre sus nubes que bajan a llevarme en su vuelo, mientras el mal olor de la calle subía por las paredes de mi cuarto.
Celan tenía temor de las rejas y de las sombras, pero conocía bien las fuentes y el susurro de las rosas.  En “También esta noche” dice algo que no voy a olvidar: “Con mayor plenitud,/ pues también cayó nieve sobre este/ mar en que nada el sol,/ florece el hielo en las cestas/ que llevas a la ciudad./ Arena/ pides por él,/ pues la última/ rosa en casa/ quiere también esta noche ser nutrida/ de la hora que corre”.  La nieve sobre el mar por donde nada el sol:  la hora corre por todas las cosas, y por la cortina que recubre la pared sobresale el deseo de abrir un hueco sin crear un abismo.  Es que hay noches que suenan como campanas cuando uno va por ahí con rosas bajo el brazo en busca de alguna mujer desconocida.  Porque hay noches en que uno se tropieza con las piedras, y vaciamos en vano todos los jarrones sin agua.  El jarrón de Sancho, por ejemplo, siempre estuvo lleno, aquel filósofo que venció a su demonio en La Mancha.  Por ahí lo vi tratando de sacarme de este lío mientras el hueco se caía de la pared colgada como un gran cuadro de la Vida Dulce.
El fulgor no llegaba, y los muertos nos reclamaban los muslos firmes que corrieron sobre ellos en el cementerio para descansar en paz.
Ahora desalojo mi alma del polvo y de la nieve: la vacío desde la cima, con una vela para dormir.
 
 
 

Viajando en tren

Viajo en tren mirando el mar mediterráneo.  Qué delicia esta vista.
Aquí comienza el mundo: los ángeles se bañan desnudos en el
espumoso mar.
El caracol avanza hacia la  cima sin contratiempos.
Un coro de piedras nos canta en el vagón y las rosas se levantan
su traje azul para poder ver el océano sin fondo.
En el tren mi pobre silencio.
Siempre vuelvo con demasiados libros en mis maletas, tarjetas
postales y la cicatriz del tiempo.
He estado en varios trenes pero éste es el más bello.
No hay nadie:  sólo un televisor que no me mira y una luna que no
se siente.  El mar está desnudo y es mi camino.
La jauría está lejos de mí, y este aire me limpia con los hilos del
horizonte.  No hay nadie aquí,  mi ojo es una lupa que se escabulle
bajo los pinos que crecen en el mar.
Nunca ví pinos más hermosos, largos y serenos navegan hacia otro
blancor.   Aquí no hay árboles que tumbar, sólo párpados que
sortean el cautiverio de las rocas.
Aquí cantan las piedras enterradas, los muertos que recuerdan
los grandes barcos perdidos en alta mar.
No hablo de la rosa que flota sino de la rosa que oye el agua.
La rosa que es azul y es la grieta, el asta y el cordel del cielo.
El cielo nos mira y nos escribe, no necesitamos decirle nada.
El cielo tiene flores y habla de otra manera:  su fragancia viene
de las redes de las islas, de la bruma que irradia el sol cuando abre
su boca para abrazarnos.
Busco una isla con mi canoa pequeña, desde mi bosque de sombras
diviso una llama mientras me ladra el mar.



 

 Miguel A. Zapata  : Es profesor en Hofstra University. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Partida y ausencia (Madrid:  Playor, 1984); Periplos de abandonado (México:  Premiá, 1986); Imágenes los juegos (Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1987); Poemas para violin y orquesta (México: Premiá, 1991), Brookings Hall (Barcelona: Café Central, 1994) (plaquette); Mi cuervo anacoreta (Santiago de Chile: Red Internacional del Libro, 1995) (plaquette), Lumbre de la letra (Lima: El Santo Oficio, 1997), My Hermit Crow (edición bilingue),  Escribir bajo el polvo (Lima: El Santo Oficio, 2000), y El cielo que me escribe (México: Ed. El Tucán de Virginia, 2002). Su poesía ha sido traducida al inglés, portugués, italiano, y francés