Cuentos y relatos

Bernardo Munuera (Alias "Alsen Bert") (España,1970)
Estudió Humanidades. Colaborador habitual desde 1995 en la sección de opinión del diario Jaén, recientemente sumó a su corta trayectoria literaria, el I Premio al Lector Crítico convocado por Cervantes Virtual y los escritos aún inéditos de “Oniria” y “Fragmentos de Vírgenes” Hoy, entre otras de sus múltiples actividades, se dedica a investigar en profundidad a Álvaro Pombo, escritor español contemporáneo.

CARMÍN PARA SOÑAR

Carmín para el sueño le recetó el doctor. Hasta esa fecha no había podido soñar. Hombre curtido por el mar, abrupto en sus formas e insomne durante toda una vida.

 No dejó de reflexionar cuando después de una larga charla con su doctor, con el médico de toda su vida, asombrado escuchó que si quería soñar debía beber carmín.  No se sonrió por respeto al doctor pero Mateo no terminaba de entender.

Sí, carmín en rama, troceadito y suficientemente machacado con un chorroncito de anís. Si es oscuro sanguíneo, mejor que mejor. Le prometo que le provocará uno de los mayores placeres de la vida, un placer que aún y a su edad no ha tenido: soñar a su gusto, a su voluntad, Mateo. No pierda el tiempo y deje de pensar que estoy loco. Me tildará de insensato y quizá haya perdido hoy ante usted la credibilidad que siempre pensó que tuve. Tal vez y al decirle esto esté desorientado pero tómelo, bébalo, que el carmín es al sueño lo que la ola al mar. Y de olas sabe usted mucho. Además he de decirle que los deseos que ahora le presente su imaginación pasaran a ser las realidades más patentes que tenga usted ante sus ojos. Poseerá los deseos que cualquier pescador de la zona haya podido soñar. Redes rebosantes de pescado vivo, coleante y preso y ahora, su red, su instrumento vital, sin necesidad de ser cosido para volver a la mar, mañana, pasado mañana... cuando usted quiera.  El sueño de cualquier pescador ¿no?

Sí Mateo, váyase y no lo olvide, renombre así a su vieja barca, carmín para dormir. Carmín para soñar.

Pasados los años, el yo te lo cuento pero cállate, no se lo digas a nadie que me lo han contado inevitablemente provocó que el hecho se extendiera más allá de las fronteras de la región de Marina. Era verdad porque así seguía ocurriendo. Cuando Mateo bebía carmín, el sueño que quiso se presentó como las olas que rompen una y otra vez contra las rocas de la costa, de esa costa que tan bien conocía. Mateo sabía lo que hacía.

El rumor deformó el hecho. Ahora no se contaba lo que sucedía. En aquel día de julio el doctor le dio a Mateo un remedio a su infelicidad. Pero los rumores siempre han destrozado en progresión geométrica las más hermosas de las realidades; rumor e imaginación, rumor y difamación, asesinatos espirituales.

Mateo se ganó demasiadas envidias y vilipendiado por el rumor decidió hacer del próximo sueño su mayor conquista. Le dolió que fuese difamado, comparado con los brujos de antaño que por el lugar abundaron. Y a Dios gracias que no fue mujer porque la hoguera esperaba a purificar ¿qué?

Desde él a la tierra que lo vio nacer. Todos difamados. Mateo nunca dejó de tomar lo que el doctor le recomendó sin olvidar que el sueño no era del color carmín sino que el carmín servía primero para dormir y después, para soñar. Nunca lo olvidó.

De esta manera se prometió tomar su última dosis. Decidió zarpar al amanecer en su barca, ahora del color de sus sueños porque así lo experimentó desde que se le descubrió. Qué fiel y buen paciente. Una barca y un viaje, un color y una sensación. Tal vez la felicidad.

Zarpó a la hora en la que el sol abandona el color carmín, siempre y después del alba. El ocaso desapareció de su existencia. En aquéllas horas diariamente solía desembarcar. Hoy zarpaba, no arribaba a su costa, o su mano como él la llamaba, daba igual. El sueño, el más esperado estaba próximo. Lo empujó con fuerza, sus músculos y tendones parecieron resucitar, y su felicidad se comprometió a ser su compañera más fiel en éste, su mejor y soñado viaje. Y la primera ola que encontró pareció gritar. Él se reía mientras el carmín tiñó la arena de un bonito color, sangre se tornaba toda la mar. Saltó como un joven a su barca a pesar de su avanzada edad, ochenta años contaban las primaveras,  y con garbo y energía el remo remató a la mar, y partida en dos, ya acoplado, se dispuso a remar.

Mateo esta vez, se embriagó de carmín, y muy pronto, antes de lo que él esperó, tuvo su efecto en aquel cuerpo que, curtido y despojado ahora de toda su edad, quiso otra vez probar: soñar, soñar y soñar.

Adiós Marina, adiós realidad.


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