Narrativa

Amparo Tello

By junio 13, 2018 No Comments

(Perú,1956)
Estudia en la UNI cuatro años de Arquitectura. Cambia de camino y en forma de aprendiz y en forma autodidacta inicia una de sus fantasías: escribir cuentos y poemas. Algunos cuentos y poemas han sido publicados en revistas de México, España. También cuenta con cuentos y poemas publicados en diferentes páginas de la Web. Obtuvo el tercer puesto en el concurso organizado por el Instituto de Cultura Peruana en Miami, con su cuento La Puerta, l año de 1993. Tercer puesto con el cuento La Consejera en el concurso promovido por la Revista de la Universidad Interamericana de México el año 1995. Mención honrosa con su poema What is the Death? el año 1992. En el año 2000 publica su poema Sorrow, en ‘America at the Millennium’. Últimamente su poema Step by Step ha sido publicado en la revista «The Huron River Review» Issue * Winter 2003, revista que edita el Washtenaw Community College.

ABUELA

Estabas esa noche del 75 con una sonrisa primorosa, ofreciéndome diez soles para comprarme mi cajetilla de Premier. Agregaste: «no se te ocurra decirle a tu papá y mamá que te doy permiso para que fumes.» Lo primero que recuerdo ahora de esa noche, son tus ojos acuosos, no supe decir si era expresión de tristeza o es que la neblina había jugado con el plomo azulado de los luceros de tu tez blanca, arrugada por los 74 años y por los comas diabéticos que te atacaron meses antes, comas que terminaron llevarte al cabo de cuatro meses. En esa cama de la Clínica Villarán, viendo tu cuerpo pequeño, no más de 1.58 metros. Mirándote allí recordaba la manera tan graciosa que tenías siempre de decir: «los mejores perfumes vienen en pomo chico», cosa que aprendí a decirlo por mí misma también.

Hoy viajo un poco más al pasado, para decir que me encantaba verte sentada a la ventana de tu cuarto, escarmenando con el peine de hueso, tus bucles tornasolados con muchos rayos plateados… me parecía que podía verte tal cual fuiste de niña. Canturreando y corriendo por los calles de Tomabal. Tu segunda ciudad, testigo de tu orfandad. De tus pequeñas quebradas de huesos a la altura de las muñecas, cuando por traviesa te caiste de la azotea del colegio de las monjas. Pero de qué buena hechura estabas, que nunca he podido creerte que hayas tenido semejante accidente. Al mirar tus dedos finos como las agujas de bordar que hábilmente manejabas para dejar un trozo de lienzo como el más codiciado pañuelo de admirable diseño, me hacía dudar. Hasta que una vez que me exigiste que prestara atención entre los plieges de tu carne las cicatrices de la intervención quirúrgica. Abuela, no sé por qué hoy te recuerdo. Tal vez el haber fallado mi ejercicio anterior me lo ha impuesto.

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