Narrativa

Carlos Iván Sánchez Santa Gadea

By junio 13, 2018 No Comments

Carlos Iván Sánchez Santa Gadea (___,19__)
Escritor

LOLA LUNA

Lola Luna vive en un callejón largo y estrecho atestado de familias, de paredes verdes descascaradas y piso de cemento levantado por la humedad de las cañerías. Siempre se despierta temprano y dice mirando por su ventana –de marcos apolillados y mal cubiertas por un plástico transparente- hacia la pared que otrora tuvo color y ahora le muestra su esqueleto de ladrillos rojos haciéndose polvo ahí donde se ha caído un enorme pedazo de yeso, “Un día me iré de este callejón”. Lola Luna nunca creyó que se quedaría sola en esta fría casa de adobes rotos, iluminada por un humilde y sempiterno foco cada año más opaco porque cada año está más sucio de grasa y caca de moscas. Su única compañía es una imagen de la Virgencita a la que su madre le rezó todos lo días con devoción y ahora ella solamente lo hace cuando se acuerda pero eso sí, siempre se persigna antes de salir. En el lavadero donde un estoico caño soporta la necesidad de la gente del callejón, se asea Lola Luna y lava su poca ropa que luego se seca oscura y triste en el envejecido cordel y cuando cuelga la última prenda, mira al cielo cerrado en gris y dice “Un día me iré de este callejón.”

Entre los pobres no existe la palabra “herencia” aunque se le podría llamar así a las cosas siempre viejas que pertenecieron a otros y les heredan a los demás para aumentar su colección de cachivaches: ropa, muebles destartalados, botellas, fotos. De eso Lola Luna tiene mucho, además de la mínima empresa de vender dulces en una esquina de la Plaza San Martín que no está lejos de su casa, que era a lo que se había dedicado su mamá poco antes de morir. Pero también le dejó revistas, muchas revista de modas del año de ñangué –porque la señora había sido modista, eso claro cuando aún no remataba la antiquísima máquina de coser- así que Lola Luna se entretenía leyendo y releyendo esas páginas descoloridas y que se habían quedado sin esquinas de tanto hojearlas. Las novias sonrientes y felices, rubias y hermosas desfilaban entre sus dedos y otras mujeres igual de bellas se vestían con lindos diseños y colores. Los hombres y muchachos guapos y elegantes le mostraban sus más cálidas y forzadas sonrisas mientras lucían ternos, pantalones y chaquetas de finos materiales y modelos que no se usan más. Era un mundo en el que la pobre Lola Luna –a fuerza de imaginación- huía de la miseria pero sólo eran sueños, castillos de agua. “¡El agua!” dice, despertándose de ese trance y corre a apagar la hornilla porque el agua hierve y hay que cuidar la luz. Mientras toma su té con pan solo, Lola Luna saca cuentas mentales y no le va a quedar mucho para el mes, “Mejor me busco otra chambita, de muchacha estaría bien.” Piensa. El domingo irá a buscar a Irma la hija de la señora Domitila que fue comadre de su mamá y que trabaja en una casa de Surco, de repente la puede ayudar.

Termina el té, se persigna y recoge rápido la cajita amarilla de dulces y galletas con patas plegables para salir a vender. De nuevo sale por ése callejón de paredes verdes y piso hueco y jorobado que un día dejará. Con paso rápido se dirige a su sitio en la Plaza San Martín que los municipales –porque les fía- le dejan utilizar. Le ha dicho su amiga Marisol que hay un lugar en Lince donde pasa mucha gente y siempre se vende, pero Lola Luna prefiere quedarse ahí mismo, donde su madre tantos años vendió y además ya la conocen. La mañana comienza agitada en Lima, toda la gente se dirige apresurada al trabajo asfixiante, a las oficinas enclaustradas. Un transeúnte se detiene y le compra unos cigarrillos. “El día comienza bien” reflexiona con simpleza. Más tarde aparecen empleados y habitantes de los edificios y compran alguna golosina; un chiquillo encaprichado y berrinchudo hace que su madre le compre chocolates. Para el mediodía ya había juntado unos cuantos soles y se sentía casi feliz. De nuevo saca cuentas y ya le va alcanzando. “Señor ¿qué hora tiene?” dice “Son la una y media” contesta un sujeto que se ve sorprendido por la pregunta de la menuda Lola Luna oculta entre su cajoncito y las golosinas cogiendo con devoción una revista grande y gruesa que hace ver minúsculas sus manos.

A eso de las dos de la tarde un vigilante municipal despavorido grita a sus compañeros que están parados en una esquina “¡Traigan los cascos, la marcha ha cogido por la otra avenida y ni con gas lacrimógeno se quitan!”. Lola Luna abstraída en la observación de la revista no escucha nada y sólo cuando siente el olor picante y nauseabundo de las sustancias lacrimógenas, empieza a recoger rapidito sus cosas pero es tarde. El pasaje donde vende se ve inundado por un mar de gente que grita, corre, vocifera, maldice y rompe. Detrás viene la policía y los municipales disparando al aire, lanzando gas, dando palazos, luego la multitud deja de correr y los enfrenta convirtiendo el lugar en un campo de batalla en que nadie cede ni gana. Lola Luna sólo tiene tiempo de protegerse en el dintel de la puerta de un restaurante, pero su cajoncito fue arrollado por la turbamulta y antes de caer al piso para desaparecer entre la multitud, rebotó aquí y allá sobre la gente, desperdigando su vital contenido como una piñata mientras el gentío se alejaba hacia la plaza.

Una vez pasada la muchedumbre, Lola Luna con los ojos muy abiertos sin poder fijarlos en nada, busca desesperada su cajoncito amarillo o algo que se pueda rescatar. Le arden la vista y la piel y angustiada se agacha a recoger algunos caramelos y un chocolate que se salvaron. Las hojas de la revista también destrozada, se agitan y se alejan con el viento y una joven modelo la saluda sonriente ignota a una enorme pisada que le atraviesa la cara. Lola Luna se levanta temblorosa y empieza a caminar en sentido contrario a la manifestación que a sus espaldas grita “¡Muerte para los traidores del pueblo!” pero que a ella le suena “Muerte al pueblo”. Lola Luna aprieta los dulces contra su pecho y poco a poco con un nudo tieso en la garganta se va a cercando al callejón y al llegar a la entrada sin puertas la reciben las paredes verdes comidas por la humedad y el piso informe a punto de reventar. Lola Luna los mira un momento y se echa a llorar desconsolada.

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