Poesía

Héctor Ñaupari

By junio 11, 2018 No Comments

(Perú,1972)
Abogado, poeta, ensayista y periodista. Fue miembro de los Grupos Neón y Vanaguardia. Dirigió la revista Sociedad Abierta. Tiene publicados poemas, ensayos y artículos en diversas revistas de la capital, y el libro de poemas, En los Sótanos del Crepúsculo (Centro Editorial de la Universidad de San Marcos, 1999) Actualmente ejerce la docencia, el derecho y la literatura en Lima, y forma parte del Consejo Editorial de la Revista Libertaria Acrata. Estos poemas son un adelanto de su libro Rosa de los Vientos de próxima publicación.

NORTE

Cuando encallé en el sueño
éramos una serpiente huyendo entre los viejos edificios.

Su árido cuerpo eran los nuestros.
Su espléndida lengua era también la nuestra.

Entre sus escamas nos adivinamos cercanos desde hace tantos siglos.

Allí estábamos, siseando, asaltando las aulas que nos fueron negadas.

Negadas como esta ciudad insomne que secretamente odiamos.

Aulas traspasadas por el polvo descalzo de los años
donde devorábamos el pálpito de normas y de códices.

En ellas invadimos las caderas perversas de la musa,
sobreviviendo al naufragio sangriento de su vientre.

De sus paredes nos unimos a los que cercaban al mundo con piedras y lemas que renacían como flores ocres y pérfidas, y entregaban sus labios al fondo crepúsculo de vasos y botellas.
Descubrimos en esta devastada estructura las múltiples variantes del amor: ocultos en columnas, atravesando escaleras o latiendo detrás de las ventanas.

A veces embistiéndonos en los envejecidos vórtices del cemento que pretendía atraparnos y buscando reinventar ese reino que nunca quisimos, y que nunca fue nuestro, con gritos desesperados y dolientes como espadas.

¿Lo recuerdas?

Oh cómo te vertías en mis muslos, manantial de agua diáfana.

Cómo se aligeraba tu cuerpo sobre el mío, hasta ser un pétalo de aire o una rama que se dobla sin quebrarse.

Crecimos.

Y no fuimos más una serpiente lánguida
ni ave ni viento ni eco del mar.

Sólo un semental sediento y poderoso
que extendía sus músculos sobre el viento y lo inundaba con su constelado sudor.

En ese instante del sueño me detuve.

Estabas en el mismo mundo
que era para nosotros
el tálamo que Odiseo y Penélope hicieron con sus manos
y deshicieron con esa misma pasión helada y anhelante
con que nos descubrimos.

Ahora has huido del sueño y del mundo.

Te llevas el rocío expuesto de mis manos, aquellas que definían la temperatura y consistencia de tus labios.

También las disputas donde nos advertíamos como amantes irreconciliables, más enamorados que nunca.

Entonces, no seré yo quien descubra tus páramos quebrantos ni tus cicatrices desnudas.

Tan sólo la penumbra que te desvela al nacer el alba.