Narrativa

Paula Winkler

By junio 13, 2018 No Comments

(Argentina)
Doctora en Derecho y Ciencias Sociales y Magister en Ciencias de la Comunicación (Univ. CAECE, Argentina). Novelista, cuentista y ensayista. Ha publicado “Los Muros”, cuentos, Editorial Botella al Mar, 1999 y “Cartas escritas en silencio para el viento”, novela, Editorial Corregidor, 2001. Es . Obtuvo el premio Jorge Luis Borges, de la Fundación Givre, en 1989, por su cuento “Castillos”. Actualmente se encuentra en prensa “Sin mensajes nuevos. Cuentos perversos y poemas desesperados”, y ha escrito en coautoría “El discurso argentino de la mentira”, ensayo inédito. Ha participado en paneles, es colaboradora en sides sobre Semiótica y de revistas literarias, y ha hecho entrevistas radiales ( Buenos Aires, Rosario y París) por sus libros, y en temas relacionados con la Semiótica de la imagen fija y en movimiento. Tiene estudios en Letras y de Cine (Universidad de Buenos Aires, y Universidad del Cine, dos años, respectivamente).

Dos ojos pequeños, de mirada fuerte, me observan. Dos ojos igualitos a los que yo tengo. Me ubico por encima de él y, así, montada, su cuerpo parece más frágil. Me apetece besar sus besos. Sus labios de trazo rígido y masculino son tan sensuales como los míos. Mi lengua desparrama lava por su rostro y, a paso lento, baja y se mete en cada hueco. Tomáme, me dice, y lo tomo. Luego, nos damos vuelta, y me toma él. Sus dedos también penetran en la materia que le ofrezco, y le clavo una mirada de amor y dominio: nuestras almas se pegotean.

Sólo en estas sábanas me permite compartir territorios. Guerrero y talentoso, en los espacios públicos, lo prefieren a él. Comenzamos de distintas maneras, aunque nuestro regodeo es siempre el mismo. Estamos deslumbrados.¡Si supieran!. Son cuatro ojos negros los que buscan el espejo, a veces dos, o uno largo y misterioso como el cíclope. Él me mira y no es a él a quien ve, sino a mí; transgredimos todas sus reglas. Y nos fascina hacerlo, porque estamos enamorados de nosotros: somos hermanos gemelos.

VALORES DE FAMILIA

Es fácil hablar de valores cuando tenés la panza llena.

Me da pena cuando veo a esos imbéciles, metidos en sus autos importados, circulando por la autopista. A la Susi le gusta nuestra furgoneta, y a mí me encanta esconderme entre sus piernas. Habrá que ver si los ricachones que van a los countries funcionan así en la cama.

Eso de que se acerquen las Pascuas no me gusta nada: el cura me insiste que confiese, y la Susi se pone mimosa. Y, la verdad, no pienso casarme, la quiero correr un poco. Aunque la Susi es la Susi.

Además, ¿qué voy a confesar?, si ando repartiendo fruta todo el día. Los domingos voy al fútbol con los muchachos y los sábados me duermo una flor de siesta con la Susi.

El cura me habla de valores. ¿Qué valores, viejo?. Valores tienen que tener los de Fátima: aparecen los viernes y se esfuman los domingos. Siempre igual: vienen a compadrear por la autopista. Dos mangos le pagan a la pobre Susi, por atenderles la casa como reyes.

Ya sé, vos pensás distinto. Saliste bonachón como la vieja. Se la pasaba pidiendo a San Antonio por nosotros, ¿te acordás?. Y … sí, nos hicimos cargo de los viejos desde chicos. Los cajones de frutas los cargamos desde entonces…

Bueno, ahora los cargo yo. Perdonáme, hermano, no quise meterte el balazo justo en el lado del corazón, pero el pecho me lo acuchillaste vos esta mañana cuando me dijiste que te habías enamorado de la Susi. Y la Susi es mía y de nadie más, che. Y que se confiesen los de Fátima, que tienen la panza llena y se montan en esos honda y mercedes benz que dan asco.

Después de todo, el cura dice que el reino de los cielos será de los pobres y enfermos. Y yo soy pobre, y algo de enfermo debo tener para haberte matado por una mina, ¿no?.

EL PUENTE DE BROOKLYN

Contrataron a otro. Había recibido llamadas como ésa durante meses. Alquileres atrasados, banco que cancela la tarjeta, echar mano a los ahorros. No era un buen día. Encima, lo llamaron desde Buenos Aires, sí, está todo bien, no, no voy a usar el pasaje, me quedo –contestó- nunca le gustó entrar en detalles. Menos con sus padres. Se puso el sobretodo y protegió su cuello con el echarpe viejo. Justo en el cruce de la 7ª, el viento intentaba ganarse a los transeúntes. Hacía días que los noticieros amenazaban con tormentas de nieve. Caminó sin rumbo mientras recreaba el sol porteño. Tomó el subte, cuatro paradas: puente de Brooklyn. La estructura de hierro del puente aguantaba cualquier peso; su columna cada vez lo sostenía menos a él. Armate de paciencia – se había dicho- en Nueva York nadie te regala nada. ¡Tantos años de estudio en Buenos Aires!, no es cuestión de volver al primer tropiezo. El año anterior había regresado a Buenos Aires, pero no lo recibieron como el quiso. Se quejaron, tanta inversión y seguís como siempre, hecho un adolescente. Por lo menos en Nueva York tenía vida propia, un cuchitril, la heladera semivacía y el posgrado de Ithaka. Así que volvió, no le quedaba otra. A los treinta años uno no debe darse el lujo de tirar esfuerzos por la ventana. Pero estaba a punto de dejarlo todo, no valían la pena ni el cuchitril ni la heladera semivacía. Acomodó sus pensamientos y continuó a paso firme, al tiempo que se hacía de espacio entre los camiones y las cuatro por cuatro. No era deportista, jamás se había tirado de un trampolín, ni siquiera del borde de una pileta. Cagón, eso te decían tus compañeros de la secundaria, ¿te acordás?, sos un cagón, seguí la caminata. Encontrarían su cuerpo flotando en el Hudson. La policía iba a reconstruir todo con precisión ( y su sensación de fracaso), pero hay misterios que ni la omnipotencia de Nueva York puede develar. I don´t know, perhaps tomorrow. Give me a call! Cerró el celular, no quería oír ni a Larissa. Se arremangó los pantalones y sacó sus botas de un tirón. El agua iba a estar fría, mejor. (Sos un cagón.) Midió la altura. Se asomó. Repitió la maniobra varias veces, hasta que empezó a sentir frío. El frío subía a través de las medias, se asomó: Nada: ruido de llantas en el pavimento, luces, bocinas. Filas interminables de vehículos que aceleraban hacia Manhattan. Finalmente se decidió: volvería a la 7ª. El mismo subte, cuatro paradas.

Nuevamente en casa, se quitó la ropa. La colgó en el perchero. Abrió el celular: sin mensajes ni llamadas. Solo y sin espejos, por lo menos le quedaban el cuchitril y la heladera semivacía, y Larissa lo iba a invitar a pasearse por Park Avenue como un duque. Y si tuviere que volver a Buenos Aires y escuchar los reproches familiares , estaría a su alcance el puente de Brooklyn (siempre).