Híbrido Literario
Narradoras

La luna sobre el puente

By marzo 19, 2020 No Comments

El grupo de los sábados me gustaba. El bar solía llenarse y las voces de la gente formaban un murmullo uniforme. Si una se paraba al costado de la barra, podía ver las manos de los clientes con billetes doblados o con vasos a medio vaciar. Yo me sentaba a un extremo y tomaba pequeños sorbos de mi bebida. No acudía para emborracharme, me gustaba sentirme en compañía. A veces uno de ellos se me acercaba, conversábamos, flirteábamos, etc. Se me había hecho una costumbre llegar a las 7 e irme a las 11. Si había música, bailaba; si había alguien celebrando algo, me unía al corro. Los clientes de un bar se conocen más o menos entre ellos, siempre existen los grupos de amigos que van juntos y los solitarios que de tanto verlos se nos hacen conocidos. Las mujeres en el grupo eran hermosas, muchas de ellas todavía conservaban los cuerpos de su juventud. Los hombres, bueno, muchos de ellos iban al gimnasio, se notaba, pero varios ya habían perdido el cabello o se lo rapaban para verse más joviales.
Quien es asiduo a un bar, sabe que hay temporadas, hay momentos en que el sitio puede reventar, hay otros (vacaciones, eventos inesperados) en los que está casi vacío. Vivimos en una isla de la cual se puede salir sólo por cuatro puentes, muchos gustan de escaparse y veranear en el caribe, irse de crucero o ir hacia el calor de Florida. Creo que vivir en una isla es un poco angustiante: la lista de suicidios es alta, sobre todo cerca a las festividades de fin de año. No soy la única persona que vive sola por estos lares, por eso me gusta compartir con los parroquianos del bar, somos como un grupo de autoayuda, sin saberlo.
Yo no suelo viajar mucho, me la paso del trabajo a mi pequeño departamento. Cierto sábado de invierno, llegué al bar, estaba casi vacío. El barman me saludó y puso una servilleta en frente de mi, le pedí un Manhattan y me senté, la barra de mármol blanco se veía inmensa. Unos cuantos clientes tomaban cervezas en una de las mesas, un par de asiduos conversaba animadamente al otro extremo, cerca a la caja registradora.
El barman conversaba de cuando en cuando conmigo, hablamos de la economía, de la vida escandalosa de cierto político, de la cercanía del fin de año. Estaba por irme cuando el par del otro extremo se unió a la conversación, estuvimos haciendo bromas y contando anécdotas, ellos tomaban whisky y ya estaban medio ebrios, yo no terminaba aun mi segundo coctel. Luego de un buen tiempo, uno de ellos se marchó. Yo también pensé en irme, pero el hombre que se quedó conmigo en la barra empezó a conversarme, me dio mucha pena dejarlo hablar solo. Se acercó tanto que hasta podía verle las arrugas que finas recorrían sus mejillas y frente amplia, sus ojos verdes estaban algo acuosos, sus cejas pobladas hacían cierto movimiento mientras conversaba, su cabeza calva brillaba bajo la luz tenue del bar. “Hoy es luna llena” me dijo, “Sabes que las peores cosas suceden en esta época, no te sonrías, estoy hablando en serio.” Su voz era rasposa y su aliento me empezó a molestar. “Me has visto en este bar siempre, tú también eres una solitaria como yo, lo adivino, podrías irte al cine o quedarte en casa durmiendo, pero no, tú también tienes necesidad de un trago” Lo quedé mirando y no le contesté, no hubo necesidad porque él proseguía, en un momento pensé que ya no hablaba conmigo. “Yo lo necesito, desde hace diez años que lo necesito. Soy viudo, tengo una buena pensión, pero si no estoy aquí y tomo un trago, los recuerdos me ahogan.” Nos miramos nuevamente, tuve ganas de irme, pero algo llamado curiosidad no me dejó moverme. “Hace veinte años yo todavía trabajaba en la ciudad, el ataque a las torres todavía estaba fresco en la mente de todos, aun así yo no había dejado de manejar mi automóvil para ir y regresar del trabajo, yo era abogado de una corporación, siempre me quedaba más allá de mis horas. Cierta noche, la luna inmensa se veía hermosa por el puente de ingreso a la isla, era una vista tan hermosa que me hubiera gustado tener la forma de detenerme antes de ingresar, pero era imposible, peor aun, por razones de seguridad las fotos estaban prohibidas desde el puente. De pronto una sombra cruzó la luna, no era una nube, no, era algo definido, oscuro, grande, con alas… un atentado pensé, una avioneta contra el puente, la sangre se me había helado.” Tomé el último sorbo de mi Manhattan, el hombre me miró con las pupilas algo dilatadas. “No era una avioneta, no. Cuando llegué al medio del puente me detuve, un auto sin luces, vacío, estaba estacionado como una incógnita, el viento era fuerte, no rastros ni del conductor, ni de la cosa con alas que vi momentos antes, miré hacia el agua y el sonido se me hacía estremecedor, tantas muertes por suicidio en este puente, y yo allí… De pronto la sombra regresó, creo que grité del horror, pensé que el avión llegaba contra mí, pensé que había llegado mi fin.”
Los labios del hombre temblaban, sus pupilas miraban hacia algo más allá de mis ojos.
“Lo que vi luego es algo que me ha estado carcomiendo desde ese entonces, no estaba ebrio como ahora, era un hombre que regresaba tarde del trabajo, pero estaba en mis cuatro sentidos. Recuerdo el viento azotado por las alas, recuerdo la visión, aquél ser era inmenso y de un color acero que fácilmente podía mimetizarse con el puente, recuerdo sus ojos feroces que me miraron en segundos, mi vista se deslizó hacia sus garras que apretaban firmemente algo, no estoy seguro qué, pero era algo muerto. Caí hacia el suelo llorando y no recuerdo más… Cuando desperté estaba en una ambulancia y los paramédicos me habían asegurado las manos contra la camilla, un policía estaba sentado a mi lado, con cara de aburrimiento, balbuceé mi historia pero ni siquiera me miró… Estuve en el psiquiátrico por semanas, nadie me quiso hacer caso, me daban medicinas para los nervios, no supe siquiera quien era el conductor perdido del auto que vi, algunos médico insinuaron que no había otro auto…”
Iba a decirle algo, pero la voz del barman, quien secaba vasos cerca a nosotros, lo interrumpió: «Tony, hora de irse a dormir”
Entonces vi como el viejo le hizo un gesto con la mano, sacó un billete que dejó en la barra y se despidió de mí como si nada hubiese pasado.
Lo vi dejar el bar sin dar traspiés, al contrario, se me hizo que iba caminando con una calma extraña.

Rocío Uchofen, Perú – Estados Unidos

Narradora, poeta, gestora cultural

Sus relatos han sido antologados en diversas publicaciones.

Ha publicado tres libros de poesía y los libros de cuentos Odalia y otros sin esquina (2004), En algun lugar del laberinto (2019)

Vive en Nueva York.

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