Híbrido Literario
Narradoras

Aquellas olas

By marzo 20, 2020 No Comments

“La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. 

Y la muerte no era aquello que pensábamos”.

Clarice Lispector

© Claudia Salazar Jiménez, 2016

Él por fin despierta. Abre los ojos y siente los párpados como dos cáscaras de limón, duros. Estira su brazo debajo de la cintura y luego, con cierto temor, debajo de la cadera. Encuentra un vacío. Grande, tan grande, una estepa. Mierda, no se suponía que fuera de ese modo. Agita la mano derecha sobre ese vacío. Araña, rasca la sábana blanca. Mierda, piensa. Mierda, dice. Cortaron la que no era. Pura sábana ahí donde debía estar una pierna. Su pierna. Lucha contra la rigidez de las dos cáscaras de limón -no se quieren abrir los ojos- y de pronto ve a su hija. Es una tarde fría, gris, verde casi. Sí, papá, le dice ella, sí, cortaron la que no debían. En una limonada se van a convertir esos ojos. Él quiere llorar, pero resiste, no debe hacerlo. Mierda, la que no era… El vuelve de darse un chapuzón, se sacude el agua de la cabeza y te llama. Ven, hijita, vamos al mar. Eres tan pequeña y tiemblas de pensar en entrar ahí, al agua tan fría, con esas olas que dejan la espuma blanca y revuelven todo a su paso. Te pueden tragar esas olas tan grandes. Mejor no, papi, mejor después. Presientes que esta vez no te vas a escapar. Solamente hasta la orilla para que te mojes los pies, te dice, vamos. Él está ahí, de pie, sonriéndote y sólo gracias a esa sonrisa dejas el balde rojo y la pala amarilla abandonados en la arena… Cómo pueden ser tan brutos, Señor, cómo pueden ser tan incapaces. Se contiene, se muerde los labios, no puede mirarla directamente a los ojos así reducido, partido, incompleto. Él en su cama de enfermo y ella a su lado, mirándolo desde arriba. Una enfermera llega, por fin. Hablan, discuten, la enfermera intenta fingir la vergüenza. Ya viene el doctor, dice y sale. Esperemos, hijita. Ella se mantiene serena, le sujeta la mano y le dice que se encargará de todo, que ellos tienen que pagar por el error. Van a pagar, esto así no se queda. La cama de al lado está vacía, el colchón azul del hospital estatal que ha aguantado tantos cuerpos, humores, secreciones. ¿Cuántos realmente sanarían?, piensa ella mientras acaricia el rostro de su padre y envuelve sus manos entre las suyas; están tan huesudas y algo lastimadas por culpa de las agujas del suero… Él te lleva de la mano y sientes la arena algo caliente, te hace dar saltitos. ¡La arena quema, papi¡ Él te levanta por el brazo, tu cuerpo parece una vainita. ¡Arriba, pequeño saltamontes! Llegan a la orilla después de un pequeño trecho, el agua fresquita, sonríes y él te lanza agua del mar, te salpica. Te levanta de los brazos hacia el cielo. Un salto inmenso. Otra vez, otra vez, le dices. Papi puede hacer eso mil veces y sin cansarse ni un poquito… Los médicos llegan, hablan, no ha sido un error, hay que operar ahora mismo la otra pierna, la enferma, mejor dicho, la otra también, porque las dos realmente no estaban sanas. Pero, doctor, acá vinimos por la pierna enferma y no para que le corten la sana. Señor, señorita, entiendan, las dos piernas estaban enfermas, su padre tiene diabetes y por las señales de la otra pierna, tarde o temprano se la iban a cortar también, usted sabe que la diabetes… Una palabra detrás de otra, y siguen hilvanando motivos, razones, sinrazones. Que la mala, que la buena, que las dos están enfermas. Prácticamente le estamos haciendo un favor… Esta vez eres tú la primera en correr hacia el mar ni bien llegan a la playa. Saltar sobre las olas, eso quieres. Papi corre detrás de ti y te levanta como si fueras un planeador sobre el agua y te deja caer como si hubieras hecho el salto tú misma. Los otros niños están jugando en la orilla, haciendo pozos aburridos o castillos algo deformados. No saben de lo que se pierden. A lo mejor sus papis son unos debiluchos y por eso no se atreven a meterlos al agua. Como mi papá no hay otro así de fuerte. Y ahora prefieres saltar sobre la espuma que toca la orilla, aunque a veces los restos de conchitas y muymuys te pueden dejar heridas en los pies… La gangrena en el talón derecho es púrpura, casi negra, y está quieta, esperando pacientemente su momento de llegar a la orilla. Hay que operarlo esta misma noche. Ni hablar, dice ella, él está muy débil. No podemos esperar mucho, hay riesgos. Siempre hay riesgos, pero déjenlo recuperarse. Los médicos hablan ahora entre ellos. Tendrá que ser hoy mismo, esa pierna está muy mal. Claro, para eso fue que lo trajimos. Uno de ellos llena unos formularios, recetan nuevos medicamentos, listas y más listas. Nunca se oyen disculpas, sólo una decisión. Descansa, papá, mañana te van a operar… El sol. Todo es luminoso. La sombra de papi evita que los rayos te caigan directamente al rostro. Arriba otra vez, ¡salta!, y él te levanta de los brazos, arriba, arriba y ¡chapuzón! El agua entra a tus ojos y te arden, pero no importa. A lo lejos ves una lancha de pescadores, ahí donde las olas parecen nacer. En la orilla, mamá descansa y lee una revista. Ojalá que no se aburra de leer y recuerde que ya se acerca la hora del almuerzo… Cuando él abre nuevamente los ojos, ya apenas es una mitad. Pura mitad. No quiere decir nada, esquiva la mirada de su hija. Permanecen en silencio. Cómo decir algo sin que suene a lástima, a pena. Llegan los médicos y dicen que la operación fue exitosa. Él los mira y por fin abre la boca. ¡Era la única opción que tenían! ¡Animales!, les grita. Aprieta la sábana con los puños, cargado de rabia, una vena le salta cruzando la sien derecha y otra crece a un lado de la garganta. ¡Animales! Abusan porque ya me ven viejo, esto no se va a quedar así. No se altere, señor. El médico jefe, sin inmutarse –es imposible que el paciente se levante para golpearlo- reitera el éxito de la operación y que esperan una recuperación pronta, aunque los resultados de algunos exámenes merecen una consideración especial, pero de eso ya hablarían más adelante. Se marchan… El agua ya llega hasta tu cintura, el mar revuelve arena entre tus piernas. Párate así, de lado, mantén tus dos piernas bien firmes, te dice él mientras te va enseñando la posición, como el coloso de Rodas. Firme y seguro. Papi es muy grande. Tú también pones los brazos en la cintura. El reflujo arrastra el agua, las piedrecitas y la arena bajo tus pies, contorneándolos, como si te dejara flotando sobre la orilla. Volvamos… Él ahora es pura mitad. Cómo me van a dejar así, todo cortado, hija, solamente me queda medio cuerpo. Ella le pide que se contenga, que no insulte ni les grite a los médicos pues de ellos depende su vida. Evitemos que te tengan cólera, hagamos de todo para que te saquen lo más rápido posible de aquí. Tranquilízate, papá, sé que tienes mucha rabia pero trata de contenerte… Adentro, papi, llévame más adentro. No más saltos, ni resistir el reflujo o el reventón de las olas en la orilla, ahora quieres estar más cerca de la lancha de los pescadores, cerca de los pelícanos y las gaviotas que bajan en picada. Más adentro, le dices. ¿Estás segura? Y te toma en sus brazos. Te aferras a él y ves cómo las olas levantan a los pescadores, luego bajan. Suben nuevamente. Tres gaviotas se cansaron de caer en picada y ahora se dejan llevar libremente en ese vaivén. Papi te sonríe y sigue avanzando… Tantas semanas en el hospital. El invierno ha llegado. La recuperación se hace lenta. Días y noches de enfermeras, revisiones, cápsulas, comidas desabridas, pastillas, jeringas, sueros, evaluaciones. Primero un espasmo, luego dolores en el pecho y la espalda. Él cada día come menos, casi no habla a pesar de que ella trata de animarlo, de contarle su día, del trabajo, del nuevo novio, quizás este ya sea el definitivo y se casen y lleguen los nietos. Tan contento lo pondrá que ella tenga hijos para enseñarles a nadar, a enfrentarse a las olas… Cuando ves aquella ola formarse y crecer frente a ti, te asustas, entierras la cara en su pecho y sientes que se elevan como en un columpio para después bajar. Eso fue una ola, ¿ves que no pasa nada? No te vas a ahogar mientras estés conmigo. Te sacas las manos de la carita y volteas para ver cómo aquella ola rompe en la orilla. Otra vez. Y otra. Qué rara esa espuma, ya no es blanca sino amarillenta. Él metía la cabeza en el agua y la volvía a sacar. Tú le limpiabas el agua de los ojos. El sol brillaba para los dos ahí arriba. A lo lejos, la gente se iba haciendo más y más pequeñita. Ya estaban en la zona de los que sabían nadar… Él no quiere hablar acerca de nada, ni siquiera se ha vuelto a colocar la dentadura postiza. Hace frío en esta tarde. Pasan más semanas, nuevas evaluaciones. Desfiles de enfermeras y de tubos llenos de sangre. Les dan un nombre, un diagnóstico, un decreto: neumonía intrahospitalaria. Un regalo del hospital, a cambio de sus dos piernas. El cielo grisáceo invita a ocultarse, a llorar, a no pensar y a quedarse estáticos, a acurrucarse bajo la frazada y aplastarse sobre el colchón. Procesos que demoran semanas y los médicos que siguen seccionando lo sano y lo enfermo. Las olas en los pulmones, la alarma se dispara y vienen enfermeras corriendo. Señorita, usted tiene que salir del cuarto. Tubos y jeringas, un respirador, el sonido inconfundible… Sabes que él nunca te soltará cuando te dice que ya están muy adentro y que es mejor salir. Y sonríe mostrándote su dentadura perfecta. Su sonrisa es una invitación. No, papi, todavía falta mucho, vamos a dejar a todos atrás, vamos hasta los pescadores. Él te sostiene y siguen entrando hasta cruzar la línea donde nace la primera fila de olas. Todo es más calmado ahí. Te levantas sobre sus hombros y detrás de ustedes, hacia la playa, la ola naciente se extiende como una alfombra azul. Nadie ha llegado hasta aquí, papi, ¡somos los que estamos más al fondo! Sonríen victoriosos. Sí, hijita, nadie nos gana, mira ahí tan cerquita a los pescadores. Ellos los saludan. Volvamos a la orilla para contarle a tu mami hasta dónde llegamos… La máquina sigue sonando con ese ritmo cadencioso que enrolla y desenrolla las bocanadas de vida. El agua llega hasta su cuello, va llenando sus pulmones. ¿Qué es ese olor tan raro? Dejaron la puerta del cuarto abierta y su hija puede verlo. El cuarto parece teñirse de una lámina amarilla como la espuma de aquellas olas. Él siente que se le escapa el aire, reducido a pura mitad y sin piernas. Se va a hundir. Ahora es el agua entrando donde no debe. Quiere respirar, pero hay demasiada agua. Un estertor. ¡Papá! Aquella ola amarillenta ya no regresa.

ººº

Claudia Salazar Jiménez, Perú

Escritora, académica y crítica literaria. Su novela La sangre de la aurora recibió el Premio Las Américas de Novela Hispanoamericana en 2014.

Ha publicado el libro de relatos Coordinadas temporales (2016)

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