Perú

 

El aparecido  

 

Ya no puedo soportarlo más, exclamó Aquino derrumbándose en la silla de su escritorio. Tenía la frente escamada de sudor, los ojos vidriosos y el rostro lívido como un papel. No había advertido cuánto aquello le pesaba hasta que escuchó su voz rebotar contra las paredes y los objetos del dormitorio. Entonces, pasándose la mano por las mejillas y los cabellos, con el cuerpo aún entumecido, recordó que había pedido permiso a su jefe para salir temprano ese día: la institución de impuestos solo atendía hasta las cinco de la tarde y él trabajaba hasta las siete. Le costó un retortijón en las tripas la autorización, pues su superior le clavó una mirada que podría haberlo derribado de no estar sentado. Mas no podía negárselo: dado el crecimiento de la empresa, y de acuerdo con lo estipulado por la oficina de contabilidad, todos los empleados debían de presentar recibo por honorarios cada quincena y fin de mes, lo que, con un poco de entusiasmo, hacía prever que ingresarían a planilla los más antiguos como él.


Durante la semana Aquino fue reuniendo la documentación para ser atendido aquella tarde: el recibo de luz donde vivía, la autorización del titular y copias de los documentos de identidad. Esperó de pie en la fila, más de una hora, y cuando finalmente llegó su turno el funcionario le dijo que no podría tramitar su recibo por honorarios. La razón: el documento de identidad del titular del servicio de electricidad no tenía el holograma del último sufragio. Y eso qué tiene que ver conmigo, preguntó Aquino sospechando lo que podría suceder. En ese instante, el cuello se le puso rojo y desde allí la sangre, como un impulso eléctrico, comenzó a recorrer todo su rostro, las mejillas, el mentón, los pómulos y la frente hasta dejarlo completamente colorado. No procede el trámite si el titular no ha votado. Por qué. Son las reglas, señor. El que no lleve el holograma no significa que no lo haya hecho. El funcionario, como si enunciara un elemental axioma de las leyes físicas, sentenció Si no está el holograma es que no lo ha hecho. Entiendo que lo importante es que demuestre que vivo ahí, dijo Aquino tratando de dominar sus emociones, pero ya no pudo continuar: el funcionario había activado la luz de su ventanilla, signo de que el siguiente en la cola debía acercarse. Una mujer gorda y maquillada igual que un payaso, la misma que estuvo quejándose del servicio en la espera, ya ponía su cartera en el mostrador, sacaba sus recibos y comenzaba a explicar su pedido metiendo su enorme cabeza entre el empleado y Aquino. Finalmente, la mujer lo desplazó con el cuerpo y el funcionario lo ignoró por completo, pese a que todavía le estaba hablando. Aquino, sintiéndose un gorgojo, abandonó la institución de impuestos encorvado y arrastrando los pies por el corredor.


Una de las ventajas de vivir en el Centro era que todo estaba cerca. Por lo que, tratando de dominar su ánimo, cruzando calles, avenidas hasta pasar por tiendas y restaurantes, enrumbó al banco donde podría pagar el recibo de teléfono. La cola era más larga que en la institución de impuestos y la diferencia con el público era que nadie se quejaba del tiempo que llevaban allí. Pasó una hora más y, al fondo entre las cabezas, recién pudo ver el perímetro donde estaban las ventanillas, un foco que derramaba una luz cónica sobre el funcionario y la persona que estaba siendo atendida. Cuando le faltaban menos de cinco turnos, el ruido de monedas, matasellos e impresoras cesó de pronto y el movimiento se detuvo. Con el público absorto, desde una puerta se apareció, a juzgar por la pulcritud del traje, las ínfulas de grandeza y los hombrecillos que lo acompañaban, el gerente del banco. Dio un paseo por el corredor y barrió con la vista la fila, calculando cuántos faltaban. Dijo: Señores, van a tener que esperar, se ha ido el sistema. En el ambiente quedó flotando un hedor que solo podría evitarse al abandonar, cuanto antes, el banco, lo que comenzaron a hacer algunas personas sin inmutarse, no se oyó ni una sola queja, ni un lamento mientras se iban. Pero aún un grupo permaneció a la espera, entre ellos Aquino, con la esperanza de que el percance sea solucionado. Como estaba prohibido usar los teléfonos, algunas personas se pusieron a conversar. Detrás de él un hombre le contaba a una mujer sobre su trabajo, a qué hora entraba y las horas extras que hacía, y ella decía que esperaba ser cambiada de sede, pues ya no soportaba el Centro de la ciudad. Más allá, hinchadas de regocijo, un par de señoras hablaban de sus hijos y de los supuestos méritos que ya habían alcanzado. A Aquino toda esa cháchara terminó por agriarle el ánimo. Sin importarle el tiempo invertido, rompió la fila y avanzó por el pasillo. Finalmente, cruzó la puerta y se hundió en el ruido del tráfico, el aire de la calle y las luces de los postes cuando alguien exclamó, jubiloso Volvió el sistema. A continuación, las monedas, las impresoras y el murmullo de los diálogos se reiniciaron. Aquino intentó regresar, pero el vigilante, un tipo calvo con una cicatriz que le cruzaba la cara y un palo de goma en la mano, le dijo que respete la cola. Aquino argumentó lo evidente: que ya la había hecho y que estaba antes del anciano de casaca azul y después de la mujer con chalina. No obstante, el hombre sostuvo que lo vio poner los pies fuera, de modo que, en sentido estricto, ya había abandonado el banco. Esto último lo dijo alzando la voz y mostrándose inflexible. Entonces, los clientes voltearon a ver qué pasaba, como si Aquino de pronto se hubiera convertido en un gigantesco insecto. Hubiera podido seguir discutiendo con el vigilante, pero, herido por las miradas y los murmullos, prefirió partir.


Expectorado igual que un perro de la institución de impuestos y del banco, con la amargura de no haber aprovechado su permiso, se derrumbó desconsolado en la silla. Tenía en la garganta el mismo nudo de entonces, cuando de niño lo dejaban solo en casa o recibía un reproche. Como aquel entonces, sintió que unas lágrimas calientes rodaban por sus mejillas y que una fuerza descomunal lo quebraba de golpe. Otra vez el cuello se le puso rojo y de ahí la sangre fluyó hacia su rostro hasta que se le marcaron unas venas palpitantes sobre la frente. Cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.


Algo aliviado se preparó una manzanilla caliente. Mientras le daba sorbitos a la taza, trató de ordenar sus pensamientos: cómo decirle a su jefe que su salida fue en vano, cómo organizarse con el trabajo que, seguramente, ya tenía acumulado y cómo subsanar aquel lío burocrático cuando de pronto oyó jadeos debajo de su cama, la respiración agitada de alguien que se arrastraba y, acto seguido, un cuerpo fue emergiendo de allí lentamente. Tan solo al verlo supo de quién se trataba.
Era más pequeño de como alguna vez lo imaginara, con las piernas tan cortas que parecían atrofiadas y los brazos tan largos que tiraban de sus hombros igual que pesados racimos. Tenía la cabeza triangular, con la punta hacia arriba, de modo que su cuello era muy ancho, y su cara estaba cubierta de pelos; su boca, cuando después hablara, fue una abertura en medio de aquella espesura. Era de esperarse que Aquino lo mirase sorprendido, con el corazón a punto de estallarle en el pecho, qué era eso que de pronto bajo su cama había aparecido. Sin embargo, permanecía sereno y abrazaba en el fondo el sentimiento de alguien que se rencuentra con un viejo amigo.


Así que eres tú, dijo. Qué esperabas, algo gigantesco y tenebroso. No, pero de niño te imaginé al menos con unos ojos enormes y una boca con muchos dientes. Eso de que como niños es mentira, ya sabes cómo son los adultos. Bueno, ahora que me he convertido en uno entiendo mejor a qué te refieres. Cuántos años tienes. Tengo treinta. Vaya, en ustedes el tiempo transcurre rápido. Pues sí, con todo el mundo. Conmigo es diferente, aclaró el aparecido, yo puedo controlar sus efectos sobre mí. Es una cosa que no se puede creer, exclamó Aquino. Sí, aunque ya ves que no es lo único increíble. Ambos rieron. En tu casa decían que me escondía en la oscuridad, continuó, cuando en realidad te hacía compañía. Mi infancia está llena de pasadizos oscuros y cuartos vacíos… nunca hubo nadie. No siempre fue así, a veces sí había alguien y mayor. Solo para encender la luz, luego de soportar su Le tiene miedo a la oscuridad el bebito. Ah, vamos, no te pongas melindroso, sabes que las cosas pudieron ser peor. De repente hubo un silencio en el que Aquino dio un largo sorbo a su taza de manzanilla y el ruido de la ciudad llegó hasta ellos igual que el furor de una ola. Disculpa, dijo de repente, sigues ahí parado y aún no te he ofrecido nada. El aparecido dio un paso hacia adelante y apoyó el peso de su cuerpo en sus brazos; sus piernas se balancearon en el aire igual que un péndulo. Finalmente, se sacudió el polvo y las telas de araña en los pelos de la cara y trepó a la silla que Aquino le ofrecía.


Sentados ante sendas tazas humeantes, Aquino volvió a excusarse: la señora de la limpieza a veces no venía y él por el trabajo casi no tenía tiempo. Y ahora que has crecido qué haces, le preguntó. Pues… debo ganarme la vida como cualquier otro: voy al trabajo, regreso a casa y me echo a dormir. Es increíble, continuó, que en algún momento de mi infancia haya querido ser lo que soy ahora, un adulto. Vamos, no seas tan duro contigo, así son los seres humanos, acotó el aparecido, se la pasan queriendo ser lo que fueron o lo que nunca serán, es normal que se sientan insatisfechos con lo que son. Los sueños y fantasías, continuó, son prueba irrefutable de que sus vidas transcurren en un error. En eso te doy la razón, concedió Aquino y, tras darle otro sorbo a tu taza, le preguntó al aparecido Y tú que has hecho en todo este tiempo. Nada en especial, la verdad, tuve que refugiarme en el cuarto oscuro cuando te fuiste de la casa. Y eso fue lo único, preguntó con intriga. Sí, también puedo dormir el tiempo que quiera. De pronto, un revoloteo de alas y unos toques contra el cristal de la ventana interrumpieron la conversación. Un gallinazo, exclamó el aparecido. Es Capitán, dijo Aquino incorporándose de su silla. Cogió el balde de basura que estaba bajo el lavadero y lo vació por la ventana del balcón. Vaya, exclamó, ahora tienes una mascota. Sí, y desde que era pichón, agregó retornando a la mesa, lo alimento con las sobras. El gallinazo engulló en un instante su pitanza y luego se acurrucó sobre la balaustrada, apretujándose en sus alas para dormir.


Debo agradecerte el que hayas venido, hoy me sentía como cuando era niño. Yo te agradezco a ti más bien, dijo el aparecido, por la recepción. Es más, dijo Aquino como si el aparecido no hubiera dicho nada. Abriéndose el primer botón de su camisa, continuó Esta vieja herida me palpitaba hoy al despertar. Bajo el hueso de su clavícula, dos labios cardos sobresalían de su piel igual que un relieve. Ya no recuerdo cómo te la hiciste, solo que después de eso te refugiaste en los libros. Es cierto, admitió Aquino, la literatura fue un gran consuelo, más que eso… una reinvención. Luego, señalando su taza vacía, le ofreció más manzanilla al aparecido, pero este dijo que con la primera ya se había alimentado por varios meses. Siguieron recordando días del pasado hasta muy entrada la noche, como aquella vez que creyó sentir algo moviéndose en la oscuridad y debajo de su escritorio. Sonriendo en su peludo rostro, confesó que estuvo a punto de descubrirlo, solo que Aquino del espanto salió corriendo hasta la calle.


Quiero pedirte algo, dijo finalmente tras bostezar y echar una mirada a la ciudad por la ventana. En el silencio negro de las luces, los edificios parecían montañas encendidas. Esta vez no te vayas cuando me quede dormido. El aparecido asintió con un movimiento de su triangular cabeza y agregó: Olvidé decirte que siempre estoy en los rincones más oscuros de casas y departamentos. Ya acurrucado Aquino en su cama, aquel se bajó de la silla, caminó hasta el escritorio y se sentó en el banquito que había debajo. Y allí se quedó.

 

El cuento pertenece a su libro Las confesiones de un Dante (Hipocampo, 2022)

 

 

César Ruiz Ledesma ha publicado artículos en revistas de México, Estados Unidos y Perú. Estudió Derecho y Literatura en Pontificia Universidad Católica del Perú, graduado con la tesis «Un real maravilloso contestatario en Las tres mitades de Ino Moxo. En el 2015, como guionista, ganó el concurso internacional de cortometrajes The 48 Hour Film Project con «G» y publicó su primer libro, «Estación perdida y otros cuentos», el que se ha distribuido en diversos colegios de Lima gracias al «Plan lector». Aquel año se mudó a El Paso, Texas, a estudiar una maestría en Creative Writing en The University of Texas at El Paso. En el 2019 publicó su segundo libro, la novela corta «Aquino Quiroga en el laberinto». Desde el 2019 estudia el doctorado de literatura en The University of Pittsburgh, Pennsylvania. Además de docente, ha sido editor y redactor en distintas casas editoriales y revistas. «Cuadernos en Octava» es su blog personal, donde aparecen artículos suyos de cine y literatura. En el 2022 publicó el cuentario «Las confesiones de un Dante», libro finalista del IX premio José Watanabe Varas y de Noveno Premio Joven Literatura Latinoamericana.

Estará a cargo del segundo taller del proyecto narrativo Puentes/Bridges

Para leer más acerca de este autor:

http://cuadernosenoctava.blogspot.com/

Leave a Reply