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Daniel Soria

By 22 de junio de 2021 No Comments
Daniel Soria

Zózimoz


De primera impresión, es un oficio sencillo: llenar las copas cuando se vacían. Escanciar se llama el acto, escanciador quien lo realiza. Zósimo, nacido en Asia Menor, donde la civilización romana llegaba con cálido vigor, creció con la mirada y expectativas puestas en la Ciudad Eterna. Muchacho de provincias, hijo de un posadero entrado en carnes, modales morosos y movimientos apacibles, no tuvo ningún tutor que lo formara, pero aprendió bien y rápido la cortesía de la hospitalidad y el silencio alerta de la discreción. Cuarenta y siete jornadas le tomó llegar, estar y sentirse en el ajetreado ombligo del mundo conocido. Por unos instantes, su conciencia le dio una tregua, y olvidó quién era para perderse en el denso rumor de la especie.
Después de aquella noche, Zósimo cambió la segunda “s” de su nombre por una “z” y añadió otra más al final, nombre que adelante sería precedido por las iniciales de disc jockey: DJ Zózimoz. Antes de eso había vivido para creer que debía ser arquitecto, como su padre y antes su abuelo. Pero entendió durante una noche de profunda clarividencia electrónica que quizá su deseo estuviera extraviado, hasta que se encontró a sí mismo otra noche de primavera inmerso en una mar de ravers conducidos al delirio por el DJ de turno.
Treinta amaneceres sorprendieron a Zósimo vagabundeando y gastando todo lo lento que podía los talentos que su padre depositó amorosamente sobre sus dedos ligeramente recogidos, formando una pila de diez pisos. “Yo empecé con menos, y hasta aquí he llegado. Es tu deber honrar a tu padre e ir aunque sea un poco más lejos que yo. Ve por el mundo, eres joven y te pertenece, pero recuerda siempre que esta posada será tuya cuando yo ya no esté”, le dijo con voz lenta y grave.
Zózimoz comprendió pronto que ser DJ tenía más que ver con un modo de ocupar tu lugar en la música de las esferas que con el virtuosismo en la ejecución de un instrumento cualquiera. El suyo era el bit de su corazón alineado con el latir de la multitud que aprendió a amarlo durante cada rave, todos uno urgidos por la danza sináptica de su neurotransmisión. Durante un largo tiempo que duró muy poco fue movido por ese estado de ánimo que la gente acostumbra llamar casi siempre de modo impreciso felicidad. El día que gastó el dinero destinado a pagar la última boleta de su carrera universitaria le dijo a su padre que su formación como arquitecto estaba concluida, pero no la usaría para levantar casas, sino para erigir catedrales de sonidos. “Quizá llegues lejos, pero no sé adónde ni si ese lugar me guste. Puedes quedarte en mi casa lo que queda del año. Es todo lo que por ahora puedo hacer por ti”, le dijo su padre y lo estrechó en un abrazo.
Zósimo jugueteaba con su última moneda, haciendo preguntas y contestándolas a cara o sello con el impulso de su pulgar. Tres veces seguidas había salido el rostro del César cuando una veloz y ligera cuadriga lo embistió en lo más tupido de una avenida. El encontrón, de costado, fue leve, pero lo derribó blandamente sobre sus nalgas y la moneda rodó rectilínea ante su mirada atónita, hasta que fue detenida por la pisada de una sandalia de pulcra y exacta factura. El atildado hombre, casi sobre los treinta, se agachó a recoger el talento no sin antes comprobar de qué lado estaba. “Salió cara. Hola, soy Caio Flaco”, le dijo a Zósimo mientras le tendía la mano abierta para ayudarlo a incorporarse.
Zózimoz se llevó de su habitación solamente una mochila con los libros que pudo meter y una antigua y enorme maleta donde embutió su ropa, su computadora portátil y una tablet que usaba casi exclusivamente para conectar su amplificador a la música streaming. En su nueva habitación, que pagó adelantadamente por los próximos meses, instaló una ancha tarima, un colchón y una mesa de trabajo donde pasaría en adelante demoradas horas en busca del bit.
Caio Flaco le ofreció a Zósimo comer algo en su casa, a solo dos estadios de caminata. A pesar de que el joven aristócrata pasaba por ser algo extravagante en su círculo patricio, era unánimemente apreciado por todos debido a su calor para tratar a los demás, a los que le gustaba llamar “prójimos” desde que, absorto, prestó oídos en uno de sus viajes a un profeta hebreo de verbo intenso que gustaba de las parábolas.
—¿Qué sabes hacer? —preguntó Caio Flaco a su huésped apenas hubo terminado de comer y apurar de dos tragos su vaso de vino.
—Mi padre tiene una posada en Antioquía. Allí aprendí a servir y sonreír, procurando no fijarme mucho tiempo en lo que hacen los otros —respondió Zósimo con la calma de los apetitos saciados.
—Esta noche vienen unos amigos. ¿Quieres quedarte y ser mi escanciador?
—He servido vino desde niño. Sé cómo hacerlo.
—Ve a la cocina y pídele a Euriclea que te dé túnica y calzado —ordenó Caio.
Un sábado el DJ residente no se presentó. En su imaginación, Zózimoz había soñado varias veces con ese momento. Vivió así tras la barra, preparando trago tras trago, esperando esa noche desde que descubrió que el jefe parecía aguardar que no viniera su pinchadiscos solo para librarse por fin de la ansiedad de esperarlo cada fin de semana. Había más de mil ravers, la mayoría con una botella de agua en la mano, hermanados afectuosamente por el éxtasis. Hasta entonces, Zózimoz había sido un solitario DJ en su habitación de dieciséis metros cuadrados, en la era del aprendizaje vía tutorial. No dudó en acercarse al dueño para decirle: “Déjame intentarlo”.
La suerte de Caio Flaco en un cuantioso trato con el Senado —la erección de varios edificios muy cerca del Foro— dependía de todo lo bien que pasaran la velada los cinco patricios que había invitado para la noche. Hizo traer para la ocasión putas de Eleusis y el vino más denso de su finca en Hispania. El encargo para Zósimo fue simple: “No dejes que decaiga el ánimo, pero tampoco que se desborde. Quiero que mis invitados se diviertan, pero que no lo lamenten mañana. No olvides servir el vino más flojo cuando lleguen las eleusinas”, y depositó un talento en su palma.
A las dos de la madrugada, había un millar de hermosos jóvenes sobre la pista con los brazos levantados en lateral y electrónico vaivén. El DJ sudaba tras la consola a cien latidos por minuto, pero la masa estaba a ritmo de trote. Un mensajero se acercó y le dijo al oído: “El boss dice que bajes el golpe. Hay muchos que están muy exaltados. Que los hagas durar hasta el amanecer. El agua se está vendiendo muy bien”. En algún momento, Zózimoz creyó ver los sonidos en el aire, como si fueran las partes ensambladas de una barca surcando el mar de gente. En otro instante vio lágrimas en los ojos de la multitud.
El senador Próculo y su anfitrión, entregados a sus negocios, habían bebido con lentitud, aunque estaban notoriamente alegres. Los otros cuatro patricios reían acompañados de las cinco eleusinas, todas de cuerpo muelle y generoso, inclinadas las cabezas por momentos para atender a los susurros de los hombres, embriagados por los incitantes aceites perfumados depositados con hábil fricción tras sus orejas y entre sus seños. Zósimo servía de la misma ánfora para todos. Caio Flaco sonreía siempre, atento a cada detalle, y sobre todo a que el ánimo de la reunión no decayera, conducida por las exactas y oportunas mezclas de agua y vino. Cuando el vino hubo cumplido su labor, los senadores que estaban aparte se fueron con las mujeres; solo quedó Agripina, que se acercó a una señal de Caio Flaco. Zósimo aprestó una densa ánfora para los hombres que colocó a la lado de la que tenía el vino más diluido. De pronto un ruido lo sobresaltó y volteó a mirar: uno de los senadores se reía sobre el piso de la torpeza que lo hizo resbalar. Zózimo fue pronto a incorporarlo. De regreso vio con estupor que Agripina se servía de una de las ánforas y la dejaba al parecer en su lugar, pero ya no estaba seguro de cuál tenía el vino ligero y cuál el fuerte.
Las copas se llenaron y vaciaron algunas veces más. Caio Flaco y Próculo se hacían confidencias alegres e indiscretas mientras Agripina roncaba a pierna suelta. Caio Flaco palmeó la nuca de Próculo, le dijo que ya volvía y fue en busca de su escanciador. “Zósimo, buen trabajo, gracias, pero mira cómo has dejado a nuestra buena hetaira, la mejor que traje —señaló riendo a Agripina—. Se te ha pasado la mano, pero ya estuvo bueno de vino. Te voy a presentar a Próculo. Puedes dejar el trabajo. Ven con nosotros”. Zósimo secó con las mirada fija sus manos sintiendo latir agitadamente su corazón.

Daniel Soria, perfil
Graduado de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP, con una especialización en lingüística y literatura. Egresado de la Maestría en Filosofía con mención en Epistemología de la UNMSM.
Publicó una colección de relatos (Tres heridas nocturnas, 1999), una novela (Monólogo en blancohumo, 2011) y participado en las dos más importantes antologías de narrativa peruana de la década pasada: Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana (Lima: Revuelta Editores, 2007) y Estática doméstica. Tres generaciones de cuentistas peruanos 1951-1981 (Ciudad de México: UNAM, 2005).
Ha ejercido además la docencia en escritura creativa, edición de textos, corrección de estilo, narrativa y escritura creativa.
Luego de ser editor para editoriales transnacionales (Santillana, Planeta y SM), actualmente es editor independiente, dedicado a convertir en una publicación cualquier idea que un autor quiera plasmar desde su sensibilidad, experiencia y conocimiento propios.

Daniel estuvo a cargo del segundo taller de narrativa del proyecto «Todos podemos escribir un cuento» (2021)

 

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