Híbrido Literario
Narradoras

Eusebio

By marzo 20, 2020 No Comments

-¿Qué clase de nombre es ese?
-Es el nombre de mi abuelo
-¿Le vas a poner el nombre de tu abuelo a un perro?
Ajeno a nuestra conversación, Eusebio tira de su correa, nos obliga a acelerar el paso, jadea como lo hacen los perros cuando van de paseo por primera vez, después del encierro en el albergue. Nos dijeron que si nadie lo adoptaba en una semana, tendrían que “dormirlo”. En realidad, apelar al chantaje emocional no era necesario; apenas lo vi decidí tenía que irse conmigo. Tú deambulabas entre las perreras con aire distraído, como de costumbre, y me devolviste una tibia sonrisa cuando dije que Eusebio era el elegido.
-No veo qué tiene de raro. Es un nombre castizo, con carácter. Eusebio fue un mártir, fíjate en el santoral.
-No sabía que tenías inclinaciones religiosas.
-No las tengo. Ya te dije, es por mi abuelo, además es el nombre de un rey merovingio – improviso sobre la marcha, para darle peso a mi argumento.
-¿Mero qué? Tú y tus rarezas.
Hemos caminado de manera automática, siguiendo el entusiasmo de Eusebio y, sin darnos cuenta, ya estamos en el parque y Eusebio lucha por zafarse de la correa; se la quito y corre con determinación hacia un árbol, levanta la pata para mear y nos observa sonriendo, con todos sus dientes y la lengua afuera; luego vuelve a su actividad frenética, como si nunca hubiera pisado el césped y olido mierda de otros perros.Nos reímos sin mirarnos. Hay mucho de eso últimamente. Hablamos con la vista perdida en la ventana, en la pantalla del móvil, en la televisión, en la taza de café del desayuno, como si estuviéramos pensando en voz alta.
En fin, si no tienes una mejor propuesta me quedo con ese nombre.
Propuestas tengo, pero veo que no te interesan. Hay miles de formas de llamar a un perro ¿Cómo crees que se sienta al saber el nombre que le has puesto?
-¿Cómo se va a sentir? Feliz de tener un hogar ¿Tu qué crees?
Todavía sin mirarnos, nos reímos. Eusebio corre detrás de una mariposa, se da por vencido y mete el hocico en la fuente del parque, haciendo mucho ruido al tomar agua. Luego levanta la cabeza y nos observa con ansiosa familiaridad.
-Eso es lo que me gusta de los perros – digo, pensando en voz alta.
-¿Qué?
Me gusta no tener necesidad de explicarles nada.
-¿Nada como qué?
La tensión en tu voz es evidente. Prefiero que no me mires, prefiero no mirarte, prefiero que miremos a Eusebio, que ahora levanta la pata junto a una farola.
-Hay que educar a ese perro.
-Lo acabamos de sacar del albergue.
-Al menos ponle la correa ¿No?
Al ver que me levanto de la banca y, a medida que me acerco, Eusebio comienza a dar vueltas sobre su cola. Le coloco nuevamente la correa alrededor del pecho, tal como me lo explicaron en el albergue, ni muy floja ni muy ajustada. “Nada de esas correas que les aprietan el cuello, que los estresan mucho”. Eusebio se deja hacer, se deja abrazar, me lame la cara. Nunca he visto un perro más feliz.
-Nunca he visto a un perro más feliz.
Te has acercado sin que me dé cuenta y te ríes conmigo mientras acaricias el lomo de Eusebio. Nos miramos, pero solo de reojo, como la gente que se observa en un bus repleto de pasajeros.
-No quiero volver.
-Yo tampoco.
El sol ha descendido casi hasta la línea del horizonte y su luz apunta directamente a nuestros lentes oscuros. Es imposible evitarla. El aire que viene del mar refresca, pero no demasiado, el cielo sigue despejado y el parque bulle con la energía del cambio de estación. Hay niños corriendo por todos lados, parejas en las bancas y otro perros, como Eusebio, persiguiéndose unos a otros y olisqueándose el trasero.
-La hora dorada – Dices.
“Como siempre, estableciendo lo obvio”, pienso sin responder. También pienso que has sido ya bastante amable al acompañarme y pasar la tarde conmigo y con Eusebio. Pero tampoco digo nada.
Vamos ya – Tiro suavemente de la correa y comenzamos a alejarnos del parque.
Lo primero que veo al abrir la puerta son tus maletas. Eusebio no ha dejado de sonreír, todo el camino, buscando alternativamente mis ojos y los tuyos. Devolverle la mirada me produce una enorme sensación de alivio; es como una de esas viejas fotos Polaroid, en ella veo árboles, sol, césped recién cortado, puro gozo. La tuya, en cambio, me refleja, y lo que veo en ella no me gusta. No hay nada de mí, ni de ti, en Eusebio, que ahora está inspeccionando cada milímetro de la sala con meticulosidad, oliendo la alfombra y los muebles, deteniéndose en ciertos lugares, buscando nuestra mirada de vez en cuando, mientras mueve enérgicamente el muñón de su cola y todo su cuerpo se mueve con ella, y sus ojos sonríen, y los parches blancos y marrones que cubren su cuerpo compacto bailan.
-Lo que quieres no siempre es lo que necesitas – Digo en voz alta, mientras te veo inclinarte hacia las maletas. Tú sonríes mirando un punto indefinido entre la ventana y el árbol al otro lado de la calle.
La primera vez que te lo dije fue mientras tomábamos un café, en nuestra tercera cita, si mal no recuerdo, cuando algo, desde la trastienda de mi consciencia, enviaba ya señales a la boca de mi estómago, señales de advertencia que no quise escuchar mientras observaba con fascinación cómo tus ojos revoloteaban por todo el lugar sin posarse en ningún lado. Por unos segundos fui capaz de captar tu atención, atrapar a esa mariposa de movimientos erráticos, de una belleza que hasta daba lástima detener en su vuelo sin propósito. Me miraste brevemente, con una intensidad a la que no me acostumbraría nunca, y me hice dolorosamente consciente de la solidez de mi cuerpo hundiéndose lentamente en el sofá, como si se tratara de arenas pantanosas. La mariposa se había posado sobre una roca. Afortunadamente, hay muchas cosas de qué hablar en una cafetería y, en cuestión de segundos, ya nos reíamos de un video tonto y de los comentarios que había generado en las redes sociales.
-Supongo que tienes razón – Dices en tono neutro.
Ya en la puerta, pones una mano sobre mi hombro derecho. Yo pongo la mía sobre tu hombro izquierdo. Mi frente toca la tuya y, con los ojos cerrados, siento un peso enorme que se transfiere de mi cuerpo al tuyo y nos ancla en ese instante, que parece prolongarse como uno de esos sueños raros, que no llegan a ser pesadillas pero de lo cuales cuesta despertar. Casi al mismo tiempo, nos separamos y siento un alivio infinito.
En serio, ¿lo vas a llamar Eusebio? – Y Eusebio atraviesa la sala meneando todo el cuerpo, ya familiarizado con su nombre.
-Claro que sí.
-Es que nunca sé si dices las cosas en serio o en broma ¿Sabes? En fin, si te hace feliz…
-Sabes que no necesito tu permiso ¿No?
Ya en el pasillo, con una maleta en cada mano, volteas y preguntas tímidamente: ¿Tú crees que pueda visitar a Eusebio de vez en cuando?
-No – Te respondo con suavidad, cerrando la puerta.

Fiorella Magan Cafferata, Perú

Publicista, Editora, Narradora.

Participó activamente del movimiento literario de los 90 en Lima-Perú. Sus cuentos ha obtenido reconociminetos literarios en concursos Magda Portal y el Instituto Peruano de Publicidad. Ha publicado en revistas y antologías.

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