Sigue la música

Subíamos el gran camino hacia Paucartambo. Yo estaba anonadada, siempre había soñado con esa ruta, con ese paisaje y esta vez lo estaba experimentando, esas curvas marrones, ese cielo azul-celeste donde cuatro nubes perfectamente explayadas lo terminaban de adornar y ese verde que crecía más marrón a medida que subíamos en la altura. Como cada julio, mis tíos que vivían en el Cuzco me llevaban para visitar a la Mamacha, a la Virgen del Carmen serrana, a la fiesta donde se fusionaba lo católico con lo indígena, donde se sincretizaba nuestra identidad.

Era tan feliz cada vez que viajaba con ellos. Siempre me mostraron otras realidades, siempre me hicieron ver otras perspectivas, ellos siempre me enseñaron que había otras formas de vivir y que estaban bien, pero que a la gente tradicional y conservadora les incomodaba ese tipo de vivir. Seguíamos en ruta, en la tolva de un camión cuando de repente hubo una avería, qué era, el chasis se había roto en dos y de milagro no caímos al precipicio sino fue solamente un susto más o una aventura en nuestro camino a ver a la Virgen.

Mi tío dijo, “Sobrina, acá vamos a dejar todo y vamos a caminar si no pasa nadie en una hora”. Cabe recalcar que como él siempre me llamaba sobrina, todos pensaban que ese era mi nombre.

Yo estaba con mi tía y mi mejor amiga, y pensábamos que podían pasar algunos amigos que también venían a Paucartambo, pero no veíamos a nadie. Los minutos eran lentos y se dilataban cada vez más, al menos eso percibía. De pronto, a lo lejos, yo le digo a mi amiga, mira, una custer… Carmen voltea y le dice a mi tío que esa custer era la que traía a todos nuestros amigos de Cuzco.

Pedro, ahí están todos. Talo, Eliza, Meno. Les dijimos que nos jalen.

Cinco minutos más tarde, nos encontrábamos entrando a la custer. Yo era bien tímida y cuando miré dentro de la custer todos los asientos estaban tomados. Mis tíos se sentaron al lado de Talo y Elisa; Carmen se sentó entre Margot, junto a Chebo. Yo miré hacia el final de la custer y una voz acabada de despertar me dijo, “sobrina, ven siéntate acá”. Era Meno.

Conversamos todo Paucartambo, nos volvimos súper amigos, me acompañaba a todos lados, y siempre le decía a mi tío, “No te preocupes, yo cuido a la sobrina”.

Después de cuatro años, nos volvimos a encontrar y me invitó a El Carmen.

¿Pero cómo llego a tu jato? –le dije yo.

Sigue la música, Meno respondió.

Al sábado siguiente, me desperté muy temprano y les dije a mis padres que me iba al sur. Me voy donde los Ballumbrosio. Voy a ser escritora, quiero escribir sobre ellos.

El camino se hizo rapidísimo desde que me quedé dormida y en mi sueño, una esclava se casaba con un príncipe cuyos valores obviamente no son los de hoy, sino que el principado se basaba en la riqueza del alma, en la transparencia del ser y en la bondad humana. Me despertó el ayudante del chofer, y me dijo aquí está la entrada de El Carmen,

“Gracias, señor», le dije.

Me bajé y al toque pasó una combi. Cuando llegué a la Plaza del Carmen, divisé la iglesia, y junto a ella, Don Toto, tal cual Miki González lo cantaba en sus canciones.
Me bajé de la combi, agudicé mis oídos y de pronto escuché una suma de tambores, una algarabía de percusión y una intensidad que en menos de tres minutos me ubicó en el umbral de la casa de los Ballumbrosio.

Cuando Mamá Adelina me dijo “Tú debes ser Giancarla, la sobrina de Pedro Pablo, ¿cómo llegaste?”.

Yo le respondí, “Seguí la música”. En su rostro, una sonrisa de complicidad se dibujó.

 

Doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de Arizona. Ha presentado numerosos trabajos sobre la narrativa de la Generación 50, especialmente sobre Julio Ramón Ribeyro y sobre la poesía peruana de la Generación de 1980 en foros nacionales e internacionales. Es autora de Humos de ironía: la novelística de Julio Ramón Ribeyro y de la antología Volteando el siglo: 25 poetas peruanos con Casa de las Américas, Cuba y Revista de crítica literaria latinoamericana, EE.UU. Además, mantiene semanalmente una columna virtual sobre temas de actualidad.

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