{"id":1711,"date":"2018-06-11T17:49:48","date_gmt":"2018-06-11T17:49:48","guid":{"rendered":"http:\/\/hibridoliterario.com\/sitio\/?p=1711"},"modified":"2019-08-31T23:16:28","modified_gmt":"2019-09-01T04:16:28","slug":"rocio-uchofen","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/hibridoliterario.com\/sitio\/?p=1711","title":{"rendered":"Roc\u00edo Uchofen"},"content":{"rendered":"<p>Egresada de la Especialidad de <span class=\"st\"> Ling\u00fc\u00edstica<\/span> y Literatura de la Universidad Cat\u00f3lica del Per\u00fa.Fue miembro de la Asociaci\u00f3n Cultural Libro Abierto. Ha participado en encuentros y coloquios como el \u00abSegundo encuentro de escritores j\u00f3venes\u00bb organizado por la APPAC en 1991 o el I Encuentro de Narradoras en la PUCP (organizado por la revista Vanaguardia) Sus cuentos y poemas se han publicado en varias antolog\u00edas de Am\u00e9rica y Europa. Ha publicado los libros de cuentos Odalia y otros sin esquina, Somewhere inside the Labyrinth, En alg\u00fan lugar del Laberinto;\u00a0 y los poemarios Liturgias Clandestinas, El Oscuro Labertinto de los Sue\u00f1os y Geometr\u00eda de la Urbe. Actualmente reside en Staten Island, Nueva York desde donde dirige el website H\u00edbrido Literario y un programa de radio con el mismo nombre.<\/p>\n<p>El cuento Muere la tarde en los Hamptons pertenece a su libro Odalia y otros sin Esquina ( Latino Press, 2004). Las publicaciones de Roc\u00edo Uchofen se pueden hallar en <a href=\"https:\/\/www.amazon.com\/Roc%25C3%25ADo-Uchofen\/e\/B07DYWP3LB%3Fref=dbs_a_mng_rwt_scns_share\">https:\/\/www.amazon.com\/Roc%25C3%25ADo-Uchofen\/e\/B07DYWP3LB%3Fref=dbs_a_mng_rwt_scns_share<\/a><\/p>\n<blockquote><p>\u00abMuere la tarde en los Hamptons\u00bb<\/p>\n<p style=\"padding-left: 30px;\">\u201cYes;-no;-I have been sleeping-and now- now- I am dead.\u201d<br \/>\nEdgar Allan Poe<\/p>\n<p>Sucede que la luz se ti\u00f1e de colores fuego y poco a poco va oscureciendo alrededor. Aquel enmudecimiento del final de las tardes, cuando se apagan los sonidos cotidianos y la casa recibe enso\u00f1adora el vaho que llega desde el mar. He anhelado pintar muchas veces aquellos escenarios que diviso desde la planta alta, aquella herida intensa en el cielo que va tomando tonalidades p\u00farpuras cada vez m\u00e1s oscuras hasta que cae la noche, siempre quise plasmar aquella belleza en desintegraci\u00f3n constante, pero ya no me alcanzan las ganas y los acr\u00edlicos que reemplazaron a la pluma fuente, se secan escondidos entre proyectos de otra \u00edndole, como la c\u00e1mara profesional o las cartas del Tarot que asoman sus figuras inquietantes dentro de la caja de cart\u00f3n que las contiene, en una mezcla de falta de voluntad o arrepentimientos. He querido deshacerme de todos ellos, pero me falta valor tambi\u00e9n y, me pregunto si no es verdad que todos llevamos, en cierto sentido, una caja escondida en cualquier esquina de nuestro universo, y nos duele mirar en ella, de la misma forma que a m\u00ed me duele recordar la alegr\u00eda de la adquisici\u00f3n.<\/p>\n<p>La tarde desfallece, pronto llegar\u00e1 la noche y yo sigo en mi penar inclemente por la casa. A veces el viento remece los ventanales y la madera emite sonidos que parecen estertores roncando a mi alrededor. Vago por los salones de la casa, cuando llega la noche ya no soy yo, sino una sombra y me hundo en mi pena y mi silencio hasta el amanecer.<\/p>\n<p>Esta peque\u00f1a mansi\u00f3n de los Hamptons la compr\u00f3 Peter en uno de sus conocidos arranques de excentricidad, dec\u00eda que la vio por primera vez en un anochecer y se le meti\u00f3 en la cabeza que se parec\u00eda a la casa Usher, y que, por supuesto, deber\u00eda ser suya. Su dormitorio ahora permanece cerrado y dentro sus recuerdos se enmohecen o toman la forma de lo a\u00f1ejo: papeles amarillentos con las puntas dobladas, o plagados de letras escritas en tinta cuyo \u00e1cido ha carcomido los escritos para no devolv\u00e9rnoslos jam\u00e1s. No me gusta entrar a ese dormitorio. Hay una mujer que llega cada quince d\u00edas a limpiarlo, es una persona triste, de ojos grises y arrugas muy pronunciadas alrededor de la boca. No dice nada, le doy las llaves y ella hace su trabajo, cuando termina aparece frente a m\u00ed, sus manos casi transparentes me entregan el llavero y me da la espalda para ir a limpiar las dem\u00e1s habitaciones.<\/p>\n<p>Peter amaba esta casa. Era un refugio, un hueco de salvaci\u00f3n. La hab\u00eda comprado para defenderse del verano, que es cuando Nueva York se vuelve insoportable y no hay forma de escapar a la multitud sudorosa en los subterr\u00e1neos o a las hileras r\u00edtmicas de la hora pico. Cuando la enfermedad lo empez\u00f3 a invadir y conoci\u00f3 la crudeza de su fuerza, cogi\u00f3 lo primero que hall\u00f3 en la mano y nos avis\u00f3 que se iba de la ciudad. Se encerr\u00f3 en la casa como si fuera un caracol. Dej\u00f3 muchas cosas en el piso de Chelsea: revistas, carpetas llenas de bosquejos de historias, libros desparramados en los closets, paraguas rotos, ropa desperdigada, zapatos&#8230; Yo tuve que hacerme cargo de lo que hab\u00eda dejado en la ciudad, los favores que me ped\u00eda estaban escritos en una libreta peque\u00f1ita atiborrada de letras retorcidas: Donaciones al ej\u00e9rcito de salvaci\u00f3n, contactar al real estate, cancelar subscripciones, membres\u00edas y repartir lo dem\u00e1s (campanas de bamb\u00fa, ciertas esculturas, algunos cuadros de la sala de estar) entre los amigos m\u00e1s cercanos, o a quien los necesitara, \u00e9l siempre hab\u00eda sido muy generoso.<\/p>\n<p>El c\u00e1ncer venci\u00f3 sus defensas y se esparci\u00f3 en poco tiempo, yo tuve que mudarme a la casa, a su pedido. Hab\u00eda una enfermera rusa que viv\u00eda all\u00ed, pero salvo murmurar oraciones incompletas e inyectar morfina, no le hac\u00eda la compa\u00f1\u00eda que yo le pod\u00eda brindar. Nosotros nunca nos hab\u00edamos aburrido de la compa\u00f1\u00eda mutua y ten\u00edamos las mismas inquietudes y pasatiempos, como pintar al \u00f3leo o leer a Poe, a Welty, a Hawthorne. Me vi obligada a dejar mi puesto en la editorial, le dije a los que no sab\u00edan, que me iba a recluir en Los Hamptons para empezar mi carrera de escritora, claro, para pisarle luego los pies a tu hermano, respond\u00edan los que no estaban enterados y a m\u00ed no me quedaba otra cosa que asentir.<\/p>\n<p>La casa se ve\u00eda magn\u00edfica por fuera, construida frente a una de las playas m\u00e1s famosas de East Hampton, las olas espumaban contra el barranco y la vista era espectacular desde los ventanales, uno se sent\u00eda frente al cielo y al bajar los ojos se encontraba con el agua de colores cambiantes y el oleaje cuyo ruido no traspasaba los vidrios era casi una composici\u00f3n realista.<br \/>\nPor dentro hab\u00eda cierta atm\u00f3sfera deprimente.<\/p>\n<p>Algunos focos estaban quemados y no se repon\u00edan porque Peter no deseaba mucha luz alrededor. Yo me ubiqu\u00e9 en una habitaci\u00f3n paralela a la de mi hermano, de tal forma que pod\u00eda disfrutar de los amaneceres frente al mar, y tambi\u00e9n de la ca\u00edda de la tarde. Muchas veces le coment\u00e9 a Peter que aquellos espect\u00e1culos de luz me recordaban ciertos pasajes de una de sus primeras novelas, \u00e9l sonre\u00eda de lado y cambiaba la conversaci\u00f3n. La piel se le hab\u00eda pegado a los huesos del cr\u00e1neo y ya no nos asemej\u00e1bamos tanto como antes, cuando jug\u00e1bamos a acostarnos frente a frente con las puntas de nuestras narices pegadas, de tal forma que nuestras respiraciones se volv\u00edan esfuerzos y la diversi\u00f3n comenzaba al abrir y cerrar los ojos, lo hac\u00edamos velozmente, para captar la luz y en los p\u00e1rpados quedaban plasmados nuestros rasgos, como en las fotos, \u00e9l era yo, yo era \u00e9l, y no nos cans\u00e1bamos de aqu\u00e9l juego. Han pasado muchos a\u00f1os desde aqu\u00e9l entonces.<\/p>\n<p>La piscina estaba sucia, Peter no recib\u00eda visitas y ya casi no pod\u00eda mantenerse en pie. Lo traslad\u00e1bamos de un cuarto al otro en una silla de ruedas. Los d\u00edas transcurr\u00edan de forma taciturna. La enfermera rusa gustaba de los talk shows y a veces, se escuchaba el murmullo de la televisi\u00f3n en la antesala.<\/p>\n<p>Por las tardes recost\u00e1bamos a mi hermano, pues pasado el mediod\u00eda, su \u00e1nimo desmejoraba, era entonces, m\u00e1s propenso a los dolores y era mejor no fatigarlo. La enfermera le inyectaba su dosis de morfina y yo me sentaba al lado, en una mecedora de paja. A veces le hablaba sin parar, aunque sab\u00eda que no me escuchaba, otras, tomaba uno de los libros y le le\u00eda con la misma sensaci\u00f3n de desasosiego. Cuando llegaba el crep\u00fasculo, Peter abr\u00eda los ojos, parec\u00eda esperar s\u00f3lo aqu\u00e9l instante, como hab\u00eda dispuesto que su cama tuviera vista hacia los ventanales, s\u00f3lo le hac\u00eda falta despertar para contemplar la belleza de lo que \u00e9l llamaba la muerte del sol.<\/p>\n<p>Durante mis ratos libres yo trataba de escribir, hice varios intentos, historias cortas que muchas veces se quedaron sin final o nunca me convencieron como para archivarlas. A pesar de haber llevado juntos el mismo camino acad\u00e9mico y casi los mismos proyectos, Peter hab\u00eda encontrado el \u00e9xito antes que yo. Sus historias y art\u00edculos siempre encontraban aceptaci\u00f3n en las revistas y cuando empez\u00f3 con las novelas, empez\u00f3 a perfilarse como uno de los \u00edconos culturales de Nueva York. Los libros que escrib\u00eda se convert\u00edan en bestsellers asegurados y tambi\u00e9n empez\u00f3 a construirse todo un universo mercantil alrededor: pel\u00edculas basadas en sus novelas, mercader\u00eda registrada, art\u00edculos, etc.<\/p>\n<p>Para inicios del 2000, Peter era uno de los escritores m\u00e1s exitosos y millonarios de la ciudad. Mientras tanto yo, con mucho esfuerzo, hab\u00eda conseguido colocar algunas de mis historias en revistas que no pagaban mucho o casi nada; el trabajo en la editorial me lo hab\u00edan dado por ser hermana de Peter, nada m\u00e1s. No sent\u00eda celos, siempre hab\u00edamos sido unidos, compart\u00edamos demasiado, pero sent\u00eda cierta sensaci\u00f3n incomprensible cuando contemplaba el rostro en las contratapas de su novela y sab\u00eda que era el m\u00edo, s\u00ed, a pesar de la diferencia de sexo y los retoques, la extra\u00f1a maravilla de ser gemelos id\u00e9nticos nunca me hab\u00eda abandonado: \u00e9l jam\u00e1s dejar\u00eda de ser yo, ni yo dejaba de ser \u00e9l, como siempre, desde muy peque\u00f1os.<\/p>\n<p>Fui yo, por supuesto, la primera en enterarse de la enfermedad. Me lo dijo el d\u00eda que lo acompa\u00f1\u00e9 para tomar posesi\u00f3n de la casa de los Hamptons. Pens\u00e9 que era una broma, luego, al ver la seriedad de su rostro, sent\u00ed mucho miedo y pavor. El tumor era fulminante. La detecci\u00f3n se hizo en un examen de rutina, por pura casualidad, adenoblastoma, el mismo nombre se me antojaba demon\u00edaco, diab\u00f3lico, un tumor en estado muy avanzado, aunque sin s\u00edntomas notables. En ese momento eran s\u00f3lo los huesos, pero tem\u00edan un avance hacia los \u00f3rganos vitales. Ya hab\u00eda visto a dos especialistas y ninguno le hab\u00eda dado las esperanzas que \u00e9l buscaba. Al investigar, hab\u00eda encontrado la existencia de alternativas hol\u00edsticas, ciertos tratamientos naturales que eran su \u00fanica ancla para no caer en la desesperaci\u00f3n, las prob\u00f3 todas para atacar el mal. Sin embargo, en menos de un a\u00f1o lo invadi\u00f3 el desencanto y se recluy\u00f3 en la peque\u00f1a mansi\u00f3n de los Hamptons. La cura natural tambi\u00e9n hab\u00eda fracasado.<\/p>\n<p>Cuando se neg\u00f3 a m\u00e1s radioterapias y qu\u00edmicos, lo \u00fanico que le qued\u00f3 fue la morfina. A veces lo hac\u00eda dormir pl\u00e1cidamente, otras, lo manten\u00eda en un estado casi catal\u00e9ptico.<\/p>\n<p>Vivir junto a \u00e9l esos meses signific\u00f3 experimentar estados de resignaci\u00f3n, en los que trataba de acostumbrar mi mente a lo que ven\u00eda, es decir, separarme del \u00fanico familiar vivo que me quedaba y peor a\u00fan, de mi copia perfecta. Pero tambi\u00e9n hab\u00eda momentos en los que me rebelaba y lloraba me corr\u00eda la desesperaci\u00f3n por dentro al contemplarlo, porque \u00e9l era yo y sufr\u00eda, y se estaba muriendo.<\/p>\n<p>El \u00faltimo mes, ya no quiso que lo movi\u00e9ramos de la cama. Su piel tom\u00f3 cierto tono ceniciento y su cuerpo parec\u00eda haber empeque\u00f1ecido, ya casi no hablaba, su voz era un sonido cavernoso y t\u00e9trico que dol\u00eda o\u00edr. Lo \u00faltimo que me orden\u00f3 fue llamar a su editor, para autorizar la edici\u00f3n de la \u00faltima novela que hab\u00eda permanecido en espera por casi cuatro meses. El hombre estaba impaciente por aquella llamada y pregunt\u00f3 si pod\u00eda ir a la casona, pero, a pedido de Peter, mi respuesta fue negativa. Yo ten\u00eda un poder para representarlo. Hicimos el contrato en su oficina en la ciudad. El libro aparecer\u00eda en ocho semanas, hizo, con extrema delicadeza, hincapi\u00e9 en que la reclusi\u00f3n de mi hermano y las habladur\u00edas que hab\u00eda al respecto ayudar\u00edan a la publicidad.<\/p>\n<p>A la semana siguiente Peter pas\u00f3 a un estado semiconsciente. El doctor nos avis\u00f3 que eran los \u00faltimos momentos, le dio a m\u00e1s tardar cuarenta y ocho horas, el latir de mi sangre llevaba la cuenta de los segundos que se iban, quer\u00eda extenderlos, morir all\u00ed mismo para no llegar al momento, pero sucedi\u00f3 que el tiempo pas\u00f3 y la situaci\u00f3n de Peter no cambiaba. La enfermera permanec\u00eda en la habitaci\u00f3n, sobresaltada a la m\u00e1s m\u00ednima se\u00f1al, mientras yo, casi sin pensar, me encargaba de hacer llamadas o firmar papeles, hab\u00eda tanto que hacer. En ciertos instantes me deten\u00eda e imaginaba que era yo la que estaba en la cama y Peter estaba sano y se repart\u00eda entre la publicidad de su nuevo libro y mi muerte.<\/p>\n<p>Cuando las cuarenta y ocho horas se volvieron una semana, la enfermera empez\u00f3 a elucubrar que tal vez Peter durar\u00eda as\u00ed meses, lo hab\u00eda visto anteriormente, contaba, agon\u00edas largas y agotadoras para los deudos. La piel de mi hermano ten\u00eda la apariencia de un cart\u00f3n y de su boca a veces se escuchaban ciertos ronquidos, pero ninguna otra se\u00f1al. Ya no se le inyectaban calmantes, el doctor dec\u00eda que mi hermano estaba totalmente inconsciente.<\/p>\n<p>Yo sol\u00eda esperar con \u00e9l la muerte de las tardes. Le hablaba, como si fuera un ni\u00f1o reci\u00e9n nacido y le describ\u00eda la belleza de los crep\u00fasculos. Le contaba historias que se me ven\u00edan a la cabeza y esta vez, eran ideas interesantes, pero ya no ten\u00eda ni la fuerza, ni el valor para levantarme y escribirlas al instante, por la misma tensi\u00f3n, las olvidaba de inmediato. De cuando en cuando, los ronquidos de Peter irrump\u00edan en mis cuentos y me estremec\u00edan. Me empezaron a sonar funestos, desesperados. Su habitaci\u00f3n hab\u00eda tomado cierto hedor y hasta me era imposible probar alimentos, ve\u00eda lucecillas en las almohadas, en los ventanales, sufr\u00eda de pesadillas. La \u00faltima noche so\u00f1\u00e9 que Peter me contaba, con su forma extra\u00f1a y elucubrante de narrar, la historia del Se\u00f1or Valdemar, aqu\u00e9l cuento de Poe, al final pegaba su rostro al m\u00edo y me susurraba con desesperaci\u00f3n que ya no pod\u00eda m\u00e1s. Me despert\u00e9 y llor\u00e9 amargamente.<\/p>\n<p>La enfermera rusa dorm\u00eda en un silloncito en la esquina izquierda de la habitaci\u00f3n. Mi hermano, con la boca semiabierta ten\u00eda los ojos vidriosos, su piel ya no era piel sino cierta membrana transparente que cubr\u00eda sus huesos. \u201cNadie en este mundo te ha querido m\u00e1s que yo\u201d, le susurr\u00e9 al o\u00eddo, mientras mi mano avanzaba a su rostro. Al inicio le tap\u00e9 s\u00f3lo la nariz y la boca, pero no sirvi\u00f3, entonces record\u00e9 aquellas pel\u00edculas baratas y agarr\u00e9 una almohada. Ajena a todo, en su rinc\u00f3n, la enfermera balbuceaba en sue\u00f1os. No recuerdo el tiempo que estuve as\u00ed, los brazos me dol\u00edan por la presi\u00f3n, y hac\u00eda esfuerzos por no gritar, por no arrepentirme.<\/p>\n<p>Cuando avisamos al m\u00e9dico, \u00e9ste no se apresur\u00f3 en llegar. Hizo el certificado, me dio el p\u00e9same, no hab\u00eda necesidad de ex\u00e1menes post-mortem. Llen\u00f3 las formas que necesitar\u00edamos para los tr\u00e1mites finales. Yo recib\u00eda todo, asent\u00eda y hubiera querido que las l\u00e1grimas que me brotaban, me hubieran quemado el rostro. Ese fue el primer d\u00eda de soledad frente a la maravilla del atardecer en esta casona de los Hamptons, hoy llena de sue\u00f1os que se mueren lentamente. Al irse Peter, yo hab\u00eda muerto tambi\u00e9n, s\u00f3lo que en aqu\u00e9l entonces, no lo quer\u00eda aceptar. Hoy mis sue\u00f1os y mis pesadillas conviven en la oscuridad y el silencio. No he vuelto a escribir, ya mis manos no crean. Las siento sucias.<\/p>\n<p>El tiempo se dilata cuando ante mis ojos cansados, muere la tarde en los Hamptons.<\/p><\/blockquote>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Egresada de la Especialidad de Ling\u00fc\u00edstica y Literatura de la Universidad Cat\u00f3lica del Per\u00fa.Fue miembro de la Asociaci\u00f3n Cultural Libro Abierto. 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