{"id":1825,"date":"2018-06-13T18:27:05","date_gmt":"2018-06-13T18:27:05","guid":{"rendered":"http:\/\/hibridoliterario.com\/sitio\/?p=1825"},"modified":"2018-06-13T18:27:05","modified_gmt":"2018-06-13T18:27:05","slug":"jorge-carrasco","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/hibridoliterario.com\/sitio\/?p=1825","title":{"rendered":"Jorge Carrasco"},"content":{"rendered":"<p>(Chile,1964)<br \/>\nEs profesor de Lengua y Literatura y ejerce su profesi\u00f3n en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados dos libros de poemas: Permanencia de aves y La huella, su andar. En narrativa tiene in\u00e9ditas dos novelas: El nido de la lluvia y Sombras en el agua, y un libro de cuentos: \u00daltimo carb\u00f3n de invierno. En poes\u00eda espera edici\u00f3n el libro Primera \u00faltima palabra. Reside en Argentina, donde ha obtenido premios regionales y nacionales. Publica regularmente en diarios del Interior del pa\u00eds art\u00edculos relacionados con la vida y la obra de Pablo Neruda.<\/p>\n<blockquote><p>EL PODADOR<\/p>\n<p>Bajo la curva de la frente, misteriosas gafas le tapaban los ojos.<br \/>\nA la viuda su aspecto, aunque sucio y descuidado, no le inspir\u00f3 desconfianza.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 alegre, bullanguero, silbando. Tambi\u00e9n alegres, pero complementarios, los instrumentos le colgaban del cinto en la cintura: tijeras, serrucho, hilos, alambres. Sin aguardar orden, se puso a trabajar sobre la escalera, en los dos ciruelos del frente de la casa. Ella, la viuda solitaria, lo oy\u00f3 cantar junto a la azarera una melod\u00eda de otro tiempo. Aunque el canto era melodioso, imantaba su atenci\u00f3n la manera contenida en que desplegaba su oficio.<\/p>\n<p>Las manos del podador, desnudas, iban a la rama, y la palpaban, la orillaban, de punta a punta, como un matarife que acariciara a su v\u00edctima para apropiarse de su forma, para llevarla muy suavemente a un sopor insensible, a una dulce agon\u00eda lenta. La tijera se abr\u00eda y se cerraba como al descuido, pero siempre implacable.<\/p>\n<p>La viuda imaginaba que entre el podador y los ciruelos hab\u00eda una comunicaci\u00f3n \u00edntima, un intercambio secreto de sangre tibia a savia fr\u00eda, un contrato de sanidad entre m\u00e9dico y paciente. Cre\u00eda que entre planta y humano se extend\u00eda una pasi\u00f3n secreta. Un amor superior, que cruzaba las leyes de la especie y la naturaleza animal. Una tensi\u00f3n de las divinidades.<\/p>\n<p>Ella, alejada tantos a\u00f1os del amor, se fue enamorando de las veleidades del podador. Por eso, aquel d\u00eda de julio, detr\u00e1s de las cortinas de lienzo, sigui\u00f3 el movimiento de las manos y la postura insinuante de su torso de n\u00e1ufrago con el delicado ritmo de un frenes\u00ed interior. Vio c\u00f3mo, apenas las manos rozaban la corteza, las varillas temblaban de docilidad, estremecidas. Le pareci\u00f3 que la tibieza de la piel del hombre atra\u00eda a los vegetales, como la tierra atrae a sus entra\u00f1as los dedos de las ra\u00edces.<\/p>\n<p>Loca de amor, se imagin\u00f3 siendo presa de esas manos, recorrida de pies a cabeza, ardiente, tierna, abandonada, vibrante. Esa sensaci\u00f3n se repet\u00eda cada vez que las manos acariciaban el tronco, alejaban las hojas secas, doblaban las varillas rebeldes.<\/p>\n<p>Al fin, los ciruelos, redondos en su desamparo, se despidieron de sus miembros, desenga\u00f1ados.  Cumplida su labor, el podador toc\u00f3 la puerta con sus nudillos, extendi\u00f3 sus manos callosas frente a la viuda,  y se fue cantando.<\/p>\n<p>En primavera los ciruelos se pusieron frondosos, y sus ramas nuevas se entrecruzaron con nuevos br\u00edos, y las flores los cubrieron como un manto de ceniza maravillosa.<\/p>\n<p>Al a\u00f1o siguiente, el podador volvi\u00f3 a cumplir su tarea. La viuda contempl\u00f3 sus movimientos detr\u00e1s de la ventana. Al ver el trabajo de las manos expertas, las mismas sensaciones del a\u00f1o anterior la recorrieron de pies a cabeza. Estaba segura de que su sentimiento era amor, y de que era tiempo de d\u00e1rselo a conocer, para ofrecerle un consuelo a su sufrido coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Cuando el podador fue por su paga, ella lo hizo pasar. Adentro, se le acerc\u00f3, insinuante. El podador sinti\u00f3 el contacto. Ella, abandonada a su pasi\u00f3n, le extrajo los anteojos oscuros. Sin alarma, advirti\u00f3 que era ciego, y sigui\u00f3 con su labor de abierta provocaci\u00f3n. Deseaba ser orillada por esas manos, doblada por esas manos, aplastada por esas manos. Nada le importaba m\u00e1s en el mundo.<\/p>\n<p>As\u00ed fue. El podador ciego, resoplando ansiosamente, la fue recorriendo con suave diligencia. Ella se qued\u00f3 inm\u00f3vil, s\u00f3lo fiel al contacto electrizante que segu\u00eda sus formas, sus cavidades, sus turgencias.<\/p>\n<p>Cuando las manos terminaron su tarea y descansaron un breve instante, la viuda se sinti\u00f3 nueva, esclava su figura temblorosa de las manos que la acababan de modelar.<\/p>\n<p>De pronto, como al descuido, una mano extrajo la tijera del cinto. La otra mano fue en auxilio de su compa\u00f1era. Ambas subieron paralelas hacia el cuello, donde se estrecharon y dieron inicio a un prolijo trabajo.<\/p>\n<p>Tras unos instantes, en el suelo, todos los miembros de la mujer quedaron dispersos. Con tino profesional, el podador se ajust\u00f3 las tijeras ensangrentadas en el cinto. Antes de ponerse las gafas oscuras, se limpi\u00f3 la sangre de las manos con la cortina de lienzo.<\/p>\n<p>Abandon\u00f3 la casa silbando.<\/p><\/blockquote>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Chile,1964) Es profesor de Lengua y Literatura y ejerce su profesi\u00f3n en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados dos libros de poemas: Permanencia de aves y La huella, su andar. En narrativa tiene in\u00e9ditas dos novelas: El nido de la lluvia y Sombras en el agua, y un libro de cuentos: \u00daltimo carb\u00f3n de invierno. 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