Híbrido Literario
Narradoras

Intención

By marzo 19, 2020 No Comments

al Pato


El hombre lo vio venir por el camino que daba a su modesta casa de madera. Era un perro viejo y flaco al que le sobresalían las costillas y el andar se le hacía lento. De entrada, no supo si ignorarlo y dejarlo seguir o quedárselo. Hizo esto último, como era su costumbre; un can más a la manada no sería demasiado, pensó. Siempre había tenido una debilidad por los callejeros, por lo indefensos o por lo desamparados tal vez, y darles cobijo era, además de un acto compasivo, una suerte de expiación de sus pecados, de alguna manera al menos.
Pero este perro, a quien llamó Timbo, no era como los otros tres que había ido recogiendo después de jubilarse pues, a pesar de sus ojeras pronunciadas a consecuencia del hambre, la vida seguramente a salto de mata, y las pulgas y garrapatas que habían hecho de su cuerpo una vivienda permanente, poseía una mirada aguda, perspicaz si se quiere, y un aire para nada desvalido como es natural en los perros abandonados. Muy por el contrario, los ojos de su nuevo inquilino lo observaban entre desconfiados e inquisidores y hasta parecían intuir, o esa era su impresión, su reciente pasado criminal. Imaginar estas cosas lo incomodaba sobremanera, pero lo tranquilizaba la idea de que, a diferencia de los humanos, los animales eran seres inocentes que no sabían traicionar.
Cinco días más tarde, Timbo recuperó la energía suficiente como para unirse al resto del grupo en los paseos matutinos. El hombre les colocaba las correas al cuello y los canes se dejaban conducir con absoluta sumisión y obediencia. Siendo un tipo más bien menudo, poseía un control perfecto de sus animales, a pesar de que, parados en dos patas, todos ellos, incluido ahora Timbo, lo sobrepasaban. En realidad nunca había tenido percances con los perros, por lo menos no hasta la llegada del último.
Desde la primera salida, hizo notar su porte imponente y alzado, y ese hocico puntiagudo que tan bien lo caracterizaba parecía guiarlo siempre hacia donde quería ir, sin importarle atender a las órdenes de su nuevo amo. En un inicio, el hombre lo dejó hacer con la esperanza de que, con el paso de los días, se acostumbraría a su liderazgo; quién sabía por todo lo que el pobre Timbo habría pasado antes de que sus caminos se cruzasen, había que darle tiempo.
Sin embargo, nada cambió. Al cabo de unas semanas, el perro seguía ignorando sus instrucciones y el aumento en la atención que le ponía a cada uno de sus movimientos había empezado a fastidiarle, más aún cuando notó que sus propios animales dejaban de obedecerle como antes para, en su lugar, seguir al líder canino adonde fuera, dormir junto a él en una esquina de la sala y ya no en la habitación del amo e, incluso, reaccionar con recelo ante las muestras de cariño del humano.
Un par de meses después, la situación había empeorado y el hombre no controlaba más a sus canes, salvo cuando se le acercaban para ser alimentados; tanto se habían invertido los roles desde la aparición del perro vagabundo que llegó a creer que los desconocía, pues éstos le prodigaban a Timbo una fidelidad que nunca antes habían mostrado hacia él.
El hecho inesperado ocurrió, no obstante, una mañana de domingo cuando, al despertarse, se vio rodeado por los cuatro: Timbo lo miraba fijamente desde los pies de la cama mientras que los otros, dos a su derecha y uno a su izquierda, permanecían en guardia, como a la espera de una señal. Al verlo abrir los ojos, soltaron un gruñido; él intentó calmarlos con palabras suaves y complacientes, pero fue inútil: los animales, en vez de tranquilizarse, fruncieron más el hocico y, amenazantes, le acercaron los poderosos colmillos. Se dio cuenta entonces de lo que estaba por venir y, cuando ya casi iba a darse por vencido, recordó la pistola que por costumbre seguía guardando en la mesa de noche. Alargó lentamente el brazo derecho por debajo de las sábanas e intentó levantarlo para sacarla de ahí, pero el perro que tenía más cerca le zampó velozmente un mordisco que hizo que soltara un agudísimo grito de dolor. Sintió que las gotas de sudor comenzaban a bajarle por la frente y que su cuerpo inmóvil liberaba el olor del miedo que poco a poco iba penetrando en los hocicos de sus verdugos y excitándolos más. En su mente se reprendió a sí mismo por haber acogido a ese perro extraño y pensó que todo aquello no estaría sucediendo si lo hubiera dejado seguir su camino dos meses atrás, si hubiera sido más estricto con él desde el principio, si no se hubiera dejado llevar por la compasión, en fin, se recriminó a sí mismo tantas cosas, pero todo aquello era en vano pues, como finalmente tuvo que aceptar, era muy tarde para arrepentimientos.
En el aire frío de la mañana, un perro y un hombre libraban una batalla silenciosa para determinar quién era el más fuerte de la manada, pero la suerte ya estaba echada o, más bien, empezó a estarlo un año antes cuando, en otra mañana de domingo, en otro lugar y respondiendo a otro nombre, un joven y macizo Timbo dormía plácidamente despatarrado sobre la alfombra beige de una sala familiar decorada con fotografías de una boda reciente y retratos algo descoloridos de un niño, una niña y dos parejas de adultos. Los muebles de terciopelo verde, el bodegón en la pared, los restos del desayuno sobre la mesa del comedor –dos tazas de café vacías, las migas de pan en un plato de porcelana y potecitos de mantequilla y mermelada a medio terminar– daban vida a la típica escena convencional en la que un hombre joven lee el periódico despreocupadamente mientras una mujer, también joven, teje zapatitos de bebé color celeste, al tiempo que se soba la espalda para aliviar la incomodidad de una barriga prominente y unos pies hinchados. La quietud de aquella mañana de domingo, los rayos de sol entrando por las ventanas, el calor agradable de principios de diciembre y el silencio de los vecinos durmiendo la mona tras la resaca sabatina no podían retratar mejor el destino que a este pichicho de raza desconocida le había tocado en suerte.
Pero como la felicidad no es más que una ilusión invocada por los ingenuos y los perros, esta comedia tenía que llegar a su fin. Tan solo 20 segundos bastaron para llegar al cuadro final: alguien que toca el timbre, el hombre que se pone de pie, abre la puerta y recibe un disparo en la frente, la mujer que grita y corre hacia él, Timbo que despierta, asustado, ladrando eufóricamente, dispuesto a atacar al intruso encapuchado, este que lo mira por un segundo, indeciso, y huye veloz tras soltarle otro disparo a la mujer. Un charco de sangre que lo envuelve todo.
El ruido despierta a los vecinos, quienes corren hacia la casa, entran en ella y son testigos de la masacre; uno de ellos pide a gritos llamar a la policía, a la ambulancia, a los periódicos, un barullo infinito que Timbo no comprende pero entiende: “¡Han matado al concejal!”, “¡los han matado!”. Dos disparos han estallado en los cuerpos de sus dueños y en el corazón del perro al mismo tiempo, en veinte segundos, en mil pedazos y para siempre.
Y, sin embargo, aturdido entre el dolor y la angustia, su olfato retiene un olor potente, como a tierra descompuesta, un olor que se le quedará impregnado hasta este momento y que es el mismo que lo ha conducido hasta la modesta casa de madera, el mismo olor, no hay duda, que emana ahora del cuerpo del hombre tendido en la cama que lo mira horrorizado, temblando, sudando frío, meándose, cagándose, reconociéndolo y aceptando, derrotado, su fortuna.
El karma que le dicen.

Lisette Balabarca Fataccioli, Perú

Es profesora, investigadora y narradora. Sus cuentos han aparecido en las antologías Del sur al norte: Narrativa y poesía de autores andinos y Circo de pulgas. Antología de la minificción peruana y en la revista Latin American Literary Review. Vive en Albany, Nueva York.

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