Híbrido Literario
Narradoras

Jubilación

By marzo 18, 2020 No Comments



Serían como las diez de la mañana cuando sonó el timbre. Fue un toque común y corriente, pero, no sé por qué, supe que me había llegado la hora. No puedo decir que me sorprendiera. Todas sabíamos que tenía que ocurrir, desde que el gobierno anunció una nueva campaña. Si bien nunca tocábamos el tema directamente, no faltaban las alusiones a la visita recibida por fulana o mengana. No habíamos vuelto a reunirnos para nuestros juegos de cartas de los viernes; sospechábamos que podía estar mal visto. Pero al encontrarnos en el mercado o al cruzarnos en la puerta del banco o de la lavandería, lo comentábamos como otro hecho casual, entre las gripes de los niños o el precio de la carne.
-Sabes que ya le tocó a Sonia, yo pasaba por su casa justo cuando iban a tocarle la puerta.
-¿Y..?
-No sé, no la he vuelto a ver…
Suspirábamos, levantábamos las cejas, volvíamos a suspirar. Luego nos despedíamos, como si nada, y nos alejábamos aferradas a nuestros bolsos.
Estaba esperando que me llegara ese momento, tarde o temprano. Sin embargo, siempre parece demasiado pronto para una. Así siento que me ha sucedido a mí en todo. Demasiado pronto me empezaron a tratar como a una mujer; demasiado pronto creí que ya era tiempo de resignarme a envejecer. Demasiado pronto el desencanto se coló por alguna puerta abierta, y no me encontró preparada.
Así me encontró la «Asesora Social»: todavía en zapatillas, sin lavarme la cara, con las tazas del desayuno mosqueándose en la mesa y las escobas y el recogedor en medio de la sala.
Quise sonreír, pero estaba muy nerviosa. Es cierto que todas sabíamos más o menos de qué se trataba el asunto, pero desconocíamos los detalles. Era como la muerte. Ninguna había podido contarlo después de haber tenido la experiencia.
Ella entró y se instaló en el sofá en el que me gustaba coser, delante de la ventana. Entonces sentí que alguien empezaba a usurpar mi lugar y que ya nunca podría llamarlo «mi» sofá. Era muy linda y, aunque parecía bastante más joven que yo, su seguridad me hacía sentirme como una niña a su lado. Vestía un traje de dos piezas color acero. Siempre quise tener uno así, de alguna tela que no se arrugara, de buen corte, con la falda sobre las rodillas y el saco con sus buenas solapas y los botones forrados. También soñé alguna vez con el portafolios de gamuza que depositó a su lado. Pero nunca hubiera tenido la oportunidad de vestirme de esa manera. Creo que se verían muy cómicos unos hermosos tallos de apio sobresaliendo de un portafolios de gamuza. Soy un ama de casa, o tal vez deba decir mejor que lo era. Una buena ama de casa, hubiera dicho yo. No de las perfectas, esas me resultaban odiosas con sus manías y sus obsesiones. Después pensé que más me hubiera valido ser una de ellas.
El perfume que usaba la «Asesora Social» sí lo tuve una vez. Me lo regaló hace tiempo una amiga que vive en el extranjero y yo lo guardaba para las ocasiones especiales. Así pasaron años hasta que perdió su fragancia. Es que, aunque ahora me parezca mentira, en todo ese tiempo no tuve muchas ocasiones que yo considerara lo suficientemente especiales como para usarlo.
Le ofrecí un café que aceptó de buena gana. «Es pasado», precisé, y ella sonrió con aprobación. Sospeché que ese sería un punto a mi favor y por un momento me sentí aliviada. Por eso, desde la cocina, le conté cómo aprendí de mi abuela a pasar el café gota a gota y cómo me parecía de muy mal gusto ofrecer café instantáneo. De pronto me pareció que estaba hablando demasiado y que mi locuacidad podía ser interpretada como temor. No debía demostrarlo. No tenía nada que temer, me repetí. Luego salí, le alcancé la taza y me senté frente al sofá, en el borde de una silla, como si fuera a salir corriendo en cualquier momento. Ahora pienso que ese fue otro error. Ella me miraba como desde un recinto mullido y silencioso, un paréntesis de paz que, por más esfuerzos que ella hiciera, yo no podía compartir.
Hizo algunos comentarios sobre los agradables días que con abril empezaban a refrescar. Yo le respondí que abril y diciembre eran los meses que más me gustaban del año, con sus suaves días de sol y el cielo despejado. Luego elogió lo acogedora que era mi sala y aproveché para disculparme por el desorden. Habló de otros temas mientras yo observaba, con una mezcla de admiración y envidia, su habilidad para conducirme de la mano, con profesional sutileza, al motivo de su visita. Finalmente, mencionó las medidas tomadas por el gobierno para enfrentar la crisis. Yo me apresuré a manifestarle, con mi mejor fingido entusiasmo, mi aprobación por todos los esfuerzos que hiciera el gobierno por sacar a nuestro país del hoyo. Ella se limitó a mirarme por encima de la taza de café hasta que no supe qué más decir. Entonces se calzó unos finos lentes sobre su nariz de escultura y empezó a sacar unos papeles de su portafolios. Al tiempo que lo hacía, estrenaba un tono de voz menos casual, más pausado, para explicar la campaña que la había llevado hasta mi casa.
Dijo que la familia era la base de la sociedad y que era el primer deber del estado atender su bienestar. Que según eso, el Gobierno había considerado pertinente crear el organismo que ella representaba: La Comisión Reestructuradora de la Familia Nacional. El proyecto había sido cuidadosamente estudiado. Al decir esto carraspeó y dejo de mirarme a los ojos para fingir que leía algo de sus papeles. Parecía que recitaba de memoria un libro de Educación Cívica. Debido a la alta tasa de natalidad de niñas durante las anteriores décadas -explicó- se había suscitado un grave problema: existían cientos de miles de mujeres solteras desocupadas e improductivas; crecían alarmantemente los porcentajes de prostitución, homosexualidad, delincuencia y trastornos emocionales entre las mujeres de aquella generación. Por otro lado, en los últimos tiempos, a causa del movimiento feminista, las mujeres casadas habían descuidado sus deberes hogareños, distrayendo su atención con intereses ajenos a la buena administración de la Familia. Carraspeó otra vez y me lanzó una rápida mirada. Como consecuencia de estas situaciones -hordas desesperadas de mujeres solas y cardúmenes de amas de casa ineficientes- continuó, los cimientos de la familia -la base de la sociedad- se veían seriamente amenazados. Cada día aumentaban los casos de adulterio, divorcios, suicidios, abandono de niños y otras barbaridades por el estilo. En la Crisis de la Familia Nacional, opinaban los especialistas, residía el germen de La Crisis del País. El Proyecto ofrecía la solución para todos estos problemas a través de la denominada Campaña de Reestructuración Familiar. Hizo una breve pausa, apuró un último sorbo de su café y continuó con el mismo tono doctoral. Dijo que, durante los últimos años, se había capacitado a miles de mujeres que ahora, al haberse graduado de los Centros de Estudios Superiores del Hogar y la Familia, eran Amas de Casa Profesionales. Estas reemplazarían a aquellas amas de casa cuya trayectoria, después de una cuidadosa evaluación, fuera considerada deficiente -cuestionable, dijo ella- por el comité respectivo. Como consecuencia, las nuevas amas de casa serían mujeres felices que encontrarían su realización a través del desempeño eficiente de su trabajo. Los miembros de las familias -esposos e hijos- serían también personas satisfechas y sanas optimizando su rendimiento en sus diversas actividades en beneficio del país. Las Cesantes -concluyó, sonriendo- eran trasladadas a centros especializados donde recibían terapia y eran reeducadas, al mismo tiempo que trabajaban en talleres productivos del Estado.
Poco a poco, empecé a confirmar mis sospechas acerca de la relación entre las misteriosas visitas a algunas de mis amigas, parientas y vecinas y su posterior desaparición. Involuntariamente, me deslicé más hacia el borde de la silla.
-Entiendo lo que me ha explicado -balbuceé. Me sentía incómoda tratándola de usted, pero no me atrevía a tutearla. -Lo que no comprendo es qué tiene que ver todo eso conmigo -dije. Reí nerviosamente antes de continuar. -No seré un ama de casa perfecta pero…
-Se ha hecho una evaluación completa y cuidadosa, señora- me interrumpió ella, con afectada condescendencia.
-Entonces sabrá usted que siempre he cumplido con mis deberes.
La Asesora, entonces, sacó de su maletín una carpeta azul en cuya solapa alcancé a leer un número y mi nombre. Acomodándose los lentes, empezó a pasar las hojas.
-Rubro cuarto, punto uno: Cocina -anunció- Su esposo, señora, detesta las zanahorias.
-Trato de darle a mi familia un menú balanceado…- respondí, algo sorprendida.
-Correcto; existen otros alimentos que contienen los elementos nutritivos de la zanahoria; sin embargo, usted, durante todo su matrimonio, ha forzado a su esposo a comer algo que le disgusta. En consecuencia, ha creado usted en él un sentimiento de frustración que se refleja en su desempeño laboral lo cual redunda, como un círculo vicioso, en sus relaciones con sus hijos, quienes a su vez llevan estos sentimientos negativos a la escuela.
No supe qué decir. Me parecía cómico pensar que las desavenencias de mi marido con sus superiores se debiera a las zanahorias que yo le disfrazaba en la sopa. Tuve que reprimir la risa.
-Siempre dentro del mismo rubro, señora. ¿Hace cuánto tiempo que no prepara usted un postre?
-A decir verdad -repuse- hace mucho. Entre una cosa y la otra, no siempre tengo tiempo.
-Le gusta la lectura ¿no es verdad?
-Sí, mucho -me apresuré a contestar, desconcertada por el cambio de tema y pensando que mi afición por la lectura de Geo Mundo y Selecciones sería un punto a mi favor.
-¿Cuánto del tiempo que le dedica a esa actividad podría haberlo dedicado a la preparación de lo que constituye la sonrisa de una comida, señora? -Preguntó, elevando dramáticamente la voz.
Sentí que se me helaba la sangre. La Asesora me sonreía como se le sonríe a un niño cuando le demostramos que tenemos la razón. Sentí que estaba perdiendo la batalla.
-Creo que la lectura es muy importante -dije, finalmente. Se me había enronquecido la voz -Creo que es importante tener cierta cultura para compartir con la familia.
Hablé sin mirarla a la cara. Mi vista estaba fija en la ventana. Afuera hacia sol y las ramas de los árboles estaban quietas.
-Rubro quinto, punto tres: Lavado…
-¡Detesto el lavado! -admití- Es cierto. No es mi culpa, mis manos no soportan el detergente. Puedo destrozármelas y la ropa queda igual de percudida. Pero he encontrado una buena lavandería que..
-¿Sabe usted lo que el pago de la lavandería significa en la economía familiar, señora?
-Señorita, hago lo que puedo. ¡Amo a mi familia!- exclamé. Entonces advertí que lo que estaba ocurriendo no tenía nada que ver con el amor. Me sentí irritada. Me negaba a continuar justificándome ante una extraña.
Ella pasó algunas hojas hasta que pareció encontrar algo con qué darme la estocada.
-16 de mayo de 201… Día de la Madre. Su familia le preguntó qué era lo que más quería hacer ese día. ¿Recuerda lo que respondió, señora?
Hice un esfuerzo por recordar. No la escuché mientras ella repetía mis palabras. Sinceramente, no recordaba qué había dicho, pero ya no importaba. Aborrezco el Día de la Madre, el alboroto comercial que se arma los días previos, las horrorosas tarjetas en forma de corazón pegoteadas de escarcha, las interminables actuaciones en el colegio, con los niños desentonando melosas cancioncillas y recitando lacrimógenos poemas en los que no pueden faltar las palabras abnegación, manos, lágrimas y desvelos. Con seguridad, debía haber dicho algo muy desagradable que de alguna manera quedó registrado en mi expediente. Me miré con detenimiento las uñas y decidí que, cuando se fuera la Asesora, me las redondearía con la lima. Pensé que lo haría sumergida en la tina y que me pasaría allí un buen par de horas, sin hacer nada.
-¿Le sirvo otro café? -le ofrecí, por decir algo.
-Gracias- aceptó ella, y la odié por eso.
Me levanté, pero no fui por el café. Me quedé de pie frente a ella y desde allí le hablé, sintiéndome un poco superior.
-¿Ha previsto su Programa las consecuencias que tendrá sobre la familia mi desaparición?- se me ocurrió preguntarle, desafiante.
-Por supuesto-dijo ella con una seguridad que me hizo desear asesinarla. -Sus hijos y su marido han sido progresivamente preparados en la escuela y en su centro de trabajo, respectivamente -continuó- No sólo están preparados, sino que tienen la certeza de que es lo mejor para todos.
Sobre la rama de un árbol, se cortejaba una pareja de palomas. Siempre me ha gustado espiar el cortejo de las aves. El macho se acercaba de lado, con disimulo, a la hembra, que se alejaba a saltos. Hasta que, dando unos toscos aletazos, el macho la cubrió con intermitentes sacudidas. Después se picotearon durante un momento, como con ternura, y luego la hembra echó a volar. Mi vecina de enfrente llegaba a su casa en ese momento y pensé que faltaba poco para la hora del almuerzo. No había pensado qué iba a cocinar y por un momento me preocupé. Pensé que unos fideos con ajo y perejil y una ensalada de tomates sería una rápida solución. Hasta me daría tiempo para el baño que me había apetecido. Entonces tendría tiempo de pensar en todo lo que estaba sucediendo.
-¿Estoy desaprobada, entonces? -pregunté.
La Asesora no me respondió, pero dejó de acomodar los papeles y me miró a los ojos. Era una mirada absolutamente vacía, pero en ella encontré la respuesta.
-¿Cuándo debo irme?
-No forzamos a nadie, señora. Pero su reemplazo espera afuera.
Al escuchar esto, una sùbita inquietud se me alojó en el pecho. Pensé con preocupación en mis hijos, en mi marido, en mis cosas, como si tuviera muchos asuntos pendientes que resolver. No sé por qué de pronto se me aflojó esa presión. Pensé que mis hijos eran, después de todo, unos chiquillos majaderos y mal educados que sólo daban problemas; mi marido, a pesar de mis protestas y mis advertencias, se había puesto panzón y calvo y hacía tiempo que no me prestaba la menor atención; por último, me di cuenta de que mis posesiones eran totalmente prescindibles. Decidí que lo mejor era dejar de pensar. Fui por las limas de uñas y, después de quitarme el delantal y arrojarlo sobre el sofá, salí. No cerré la puerta, ni miré atrás. Me sentía ligera, alegre, diría que feliz.

Viviana Mellet, Perú

Ha obtenido premios y reconocimientos literarios en concursos como «El cuento de las 1000 palabras», Magda Portal y Asociación Peruano-Japonesa.

Ha publicado el libro de cuentos La mujer alada

Sus relatos han sido traducidos y antologados en diversas publicaciones.

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