Híbrido Literario
Narrativa

Mala hora

By marzo 19, 2020 No Comments

Y de pronto apareció un perro negro sobre el tejado. Y yo, desconcertada, no supe qué hacer. No lo había oído, pues la vejez había causado ya sus estragos en mí con una sordera cada vez más aguda. Yo no ignoraba que los vecinos habían adquirido un animal guardián hacía poco, por lo de las caras de extraños que merodeaban el barrio y que parecían tener que ver con las invasiones de terreno en los cerros que daban a nuestra urbanización de Las Viñas. Ese perro negro ya más de una vez había logrado desatarse para explorar los alrededores. También yo sabía que no era cualquier mascota, sino un experto trepando muros y sorteando dificultades. Sin embargo, no me pareció que se tratara de la misma bestia ahora en mi tejado.

Superando mis lerdos movimientos y mis débiles fuerzas, yo había logrado subir hasta ahí con el único fin de limpiar los vidrios del viejo tragaluz que era desempolvado cuando yo me acordaba de hacerlo, pues los hijos y los nietos la visitaban a una solo para ensuciarlo todo. Y al ver la lengua babeante del robusto can sobre el tejado me invadieron unos escalofríos, que me inmovilizaron de pavor. De súbito volvió a mi mente aquella terrible imagen que hasta hacía pocos años había aparecido cada noche en mis sueños: un perro negro enfurecido.

En medio del vértigo que me produjo el sorpresivo encuentro sobre el tejado, recordé como un flash aquel desgraciado día en que nuestro vecino, el señor García, descubrió que también era yo, la niña del vestido mimoso con sus amplias blondas de encaje, quien desde hacía semanas atrás tocaba el timbre de su casa y corría huyendo entre las risas de todo el grupo de niños de la cuadra.

El señor García era un hombre gordo y de cara cuadrada. Aun cuando no hiciera calor, sudaba todo el tiempo, y lo que era peor, para repugnancia de sus interlocutores, resoplaba en plena conversación, cada vez que, al cruzarse en el supermercado con alguna vecina, se le ocurría discutir sobre los costos de vida del país y las ofertas del día. Era además cojo y esa especial condición suya constituyó el eje supremo de nuestra máxima diversión, pues nuestro vecino jamás hubiese podido salir a corretearnos a correazos.

En esos tiempos de niñez era juego de moda el tocar los timbres de las casas y huir embalados entre chacotas y gritos infantiles. Los mejores instantes eran entre las tres y las cuatro de la tarde, cuando las calles de la urbanización se despejaban y parecía que la ciudad entera dormía su siesta. Una tarde de esas tantas y después de deliberar por largo rato entre la muchachada sobre quién llevaría a cabo la gran hazaña, fui yo la elegida, a pesar de que en el grupo había niños mil veces más listos y más veloces que yo. Los motivos me parecieron en ese entonces razonables y justos: nadie sospecharía de la ñina más educada de la cuadra, la que nunca olvidaba el «buenos días, señor…», la de los vestidos vaporosos de greca y blonda, llena de vacaciones alegres, de largos veranos, de carnavales con agua por el día y talcos por la noche, de bicicleteadas por toda la avenida, de tardes de competencias de chicles globos, de noches con primorosos sueños de colores. Nadie se atrevería, pues, a imaginar ni a decir que yo había puesto una cinta adhesiva sobre el timbre de la residencia del señor García para que sonara sin interrupción, desde el instante en que él, tendido en su cama en el dormitorio del segundo piso de su casa, escuchara la llamada, hasta que, después de un dificultoso descenso de gradas que lo traerían hasta la puerta principal, la abriera y descubriera el ingenioso sistema.

No acabé de colocar la cinta adhesiva sobre el consabido timbre, cuando la puerta se abrió y un perro negro inmenso, tan furioso como el de las pesadillas que por el resto de mi vida invadirían mis noches, me embistió. Perdí el conocimiento y más tarde, al despertar en la cama de la Clínica supe que había perdido por completo el lóbulo de mi oreja izquierda.

Yo no quiero tocar timbres y no quiero ver perros negros. Necesito bajar de este tejado enseguida. Solo me queda lanzarme por el tragaluz.

En Las Viñas de La Molina, 1994.

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Ofelia Huamanchumo de la Cuba, Perú – Alemania

Académica, traductora, escritora

Ha publicado la novela Por el arte de los quipus y el libro de relatos En un tiempo de mi ciudad.

Reside en Munich

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