Hush Puppies

—Son duros, mamá.
—Sí, pero los otros te los acabaste en dos meses y aquí sólo hay un sueldo.
Eran toscos. De punta redonda y caña alta. Botines nacionales y no los Hush Puppies que veía en la tele y en el colegio.
Quería que le compraran esos zapatos con una costura en el centro por si lo elegían “Rey de la Primavera”.
Todos escogerían el lunes a Carola para que fuera “Reina”. Con su pelito claro y sus lazos blancos. Y seguro que llegaría con un vestido de tules y encajes el día de la coronación.
Si lo escogían los amigos para que la acompañara ese día, no podría subirse a la carroza alegórica con esos zapatos trompudos, comprados en la Avenida Grau.
Había estado jugando a las chapadas en el patio el día anterior, cuando el pie se deslizó entre dos losetas quebradas y la suela del zapato se despegó.
—¿Estás bien? Le preguntó ella con voz de cuna.
Y el pobre no sabía cómo arrastrar el pie para que la suela destrozada no hiciera ese ruido de lengüetazo sobre el suelo empapado.
—Dile a tu vieja que te compre unos Hush Puppies, Ramírez, lo aconsejó Medina a la salida, a sabiendas de que estaban fuera de su presupuesto. Como las mochilas importadas. Los plumones Faber Castell. Los colores que vendían en una latita de metal para colorear el cielo si hacía falta. Y las acuarelas. Y las témperas.
Lo querían porque les soplaba las respuestas en las pruebas. Porque era bueno, acomedido, un ejemplo de compañerismo decía la Señorita Milla, cuando lo veía ayudando al prójimo con las tareas. Pero sabían que vivía con lo justo. Se lo notaban en los pantalones con doble basta que duraban un par de años, en la chompa remendada por las manos de mamá. Y en el refrigerio exiguo que comía a toda prisa —un plátano, un pan con mantequilla— para salir volando a jugar pelota con los compañeros del salón.
—Cómprame los Hush Puppies, mamá.
—No insistas, hijo. Y agradece que no estoy llevando al zapatero los que acabas de malograr.
Quiso robarlos a la carrera. Entrar a una zapatería de vitrinas elegantes y meterlos en la mochila. O hacerle un berrinche ahí, al lado de la pista donde los vendedores ambulantes ofrecían calzado barato, con la opción de probárselo sobre un cartón.
—No seas mala, mamá.
Era una locura pedírselos, cuando sabía que no había plata. Pero debía intentarlo. Aunque escogieran a Medina porque él sí tenía zapatos en condición. Y tendría el dinero para alquilar el traje de rey y la capa y el cetro con el que dominaría al mundo desde un sillón. Sentado al lado de Carola. Bonita y risueña. Con sus zapatos blancos de charol.

 

Oswaldo Estrada (Santa Ana, California, 1976), de origen peruano, es autor del libro para niños El secreto de los trenes (UAM, 2018) y de tres colecciones de cuentos: Luces de emergencia (Valparaíso Ediciones 2019, 2020; Maquinaciones Narrativa, 2021), Las locas ilusiones y otros relatos de migración (Axiara, 2020) y Las guerras perdidas (Sudaquia, 2021). Ha editado el volumen Incurables. Relatos de dolencias y males (Ars Communis, 2020), con veinte autores latinoamericanos que viven en los E.E.U.U. En el 2020 obtuvo dos International Latino Book Awards y obtuvo el Primer Premio de Testimonio de la Feria Internacional del Libro Latino y Latinoamericano en Tufts. En el 2021 fue finalista del Doris Betts Fiction Prize. Es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill.

Oswaldo Estrada, escritor peruano

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