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Rosa Matilde Carrasco Zuleta

By 18 de julio de 2022 No Comments

Finitud

Tenía un año y medio cuando vencí a la muerte. No recuerdo cómo fue; es algo que me contaron. Carlota, mi hermana mayor, aprendió una expresión extraña para una niña —catéter de flebotomía— cuando acompañó en medio de la noche a mi padre a la farmacia. Estábamos en medio de la dictadura militar, el famoso golpe de Estado de Velasco, con toque de queda, restricciones ciudadanas y laboratorios —sobre todo laboratorios— cerrados. En medio de la noche, con una tela blanca amarrada a un palo de escoba que salía por la ventana del copiloto de su Opel, mi papá salió a buscar lo que el médico le pidió.
Era muy poco el tiempo que yo tenía, así que se improvisó un cuarto clínico en el dormitorio que compartía con mi hermana. No recuerdo cómo quedó. Estaba muy pequeña, pero imagino que mi lecho fue la cuna que después heredó mi hermana, quien vivió prematuramente toda la angustia de la situación: mamá estaba embarazada de ella cuando enfermé.
Hoy estoy en esa habitación; es mi escritorio, el lugar donde suelo escribir todo esto, el pequeño espacio propio que todas reclamamos y que muy pocas conseguimos. Estoy aquí, después de muchos años, pasando mis noches como en aquel tiempo, en soledad, la ciudad en silencio y sitiada por lo que ahora llaman “inmovilización social obligatoria”.
No quedó mayor huella física de esa experiencia, excepto la cicatriz del catéter que introdujeron cerca a mi tobillo. Digo física porque una marca de otra índole sí pervivió. Ahora que desde el encierro veo la muerte como una posibilidad tan próxima, recuerdo que a muy temprana edad fui consciente de mi existencia.
Tenía siete años cuando me pregunté dónde estuvieron mis padres, tíos, abuela, mi maestra y mi hermana antes de que yo naciera; llegué incluso a pensar que habían creado el mundo solo para mí. Mi madre notó por esos días que cuando me echaba champú no cerraba los ojos. Por más que me lo pedía, yo persistía en tenerlos abiertos, no fuera a ser que si bajaba los párpados apareciera en otro lugar y tiempo, entre completos desconocidos.
Tuve cuadros de ansiedad cuando me separaba de casa. Ir a la escuela era algo tan agobiante que lloraba en silencio sobre mi carpeta. Mi maestra se dio cuenta, mis padres también, pero fue ella la que me colocó en la lista de niñas que debían participar de la intervención psicológica que un grupo de terapeutas haría en mi escuela.
La psicóloga que me tocó no era tan joven como las otras; tendría la edad de mi madre. Me dio confianza y seguridad esa coincidencia. Sus manos, a pesar del esmero en su cuidado, eran las de una mujer entregada al cuidado de su hogar. Nos llevaron a la biblioteca del colegio. Ahí fueron las intervenciones, así que me sentí segura. Las bibliotecas siempre me han parecido el refugio ideal. Si un día tuviera que estar encerrada e impedida de salir, pediría que me confinaran en un lugar lleno de libros para elegir al azar entre sus estantes las vidas que cada volumen me permitiera vivir.
No sé si todos puedan leer en momentos como estos; para mí ha sido una evasión. Daniel, mi esposo, sin saberlo, ha dado vida al refugio final que imaginé. Mi casa está llena de libros; los tengo hasta en el baño, sobre la puerta, a manera de marco, en una repisa donde esperan su oportunidad de hablarme.
En esos días, cuando me enviaron a las sesiones en la biblioteca, vivía angustiada porque imaginaba que el mundo existía solo porque lo veía, que si me apartaba de las cosas más allá de lo que mi mirada alcanzaba su permanencia era algo que no podía garantizar. Y así cada separación era una pérdida, cada salida de casa un tormento, cada ida a la escuela la posibilidad de no volver al lugar donde me sentía protegida. Ahora que lo pienso, aprendí a sobrevivir en esta habitación; fue aquí donde recobré la vida.
Entré a mi sesión con la psicóloga sin ilusión. No había nada que los adultos me hubieran dicho que fortaleciera mi precaria relación con el mundo. Ella me recibió con una sonrisa, me acomodó en la silla, se colocó frente a mí y me dijo su nombre. No lo recuerdo, pero sí lo que significó para mí su presencia. Me dejó hablar, le conté mi vida, todo lo larga que puede ser la de una niña de ochos años. Ella me dio también algo de la suya. Entradas así en confianza, me pidió que describiera lo que veía en la mesa. Enumeré su lapicero, los papeles, la caja de colores, todo. Cuando terminé, me preguntó si no faltaba algo. Volví a repasar. Le dije que no. “¿Y los microbios y bacterias?”, me preguntó. Le expliqué que estaban ahí, pero que no podía verlos porque yo no era un microscopio. “Eso mismo”, me dijo, “no puedes verlos porque tus sentidos son limitados; tu vista no es un microscopio, y por ello no los ves, pero están ahí. Hay cosas que no puedes ver, pero eso no quiere decir que no existan”. Sentí un súbito y gran alivio. Mi casa y todo lo que amaba estarían siempre ahí aunque yo me alejara.
Con los años, comprendí que era finita, que un día no estaría; también aprendí que no solo debía arreglarme con el alcance de mis sentidos, sino estar alerta a las limitaciones que nos impone siempre tratar de entender otras realidades.
Hoy que estoy en mi cuarto, rodeada de mis libros y del silencio de la noche, me pregunto ¿qué dejamos de ver?, ¿qué fue aquello que metimos debajo de la alfombra porque nos incomodaba? Encerrada porque un letal virus nos muestra nuestra radical vulnerabilidad, sé la respuesta: desigualdad en su forma más brutal, exclusión y un desprecio hedonista por todo aquello que reduzca nuestros goces desde el lugar privilegiado que ocupamos. Tal vez tuve que estar cercada por la muerte para comprender que debo hacer grandes transformaciones. Si muero, solo deseo que nadie tenga miedo de compartirlo todo.

 

Rosa Matilde Carrasco Zuleta

Rosa Carrasco Zuleta (Lima, 1969) estudió derecho y ciencias políticas en la UNMSM. En 2006, ganó la II Bienal de Cuento Infantil del ICPNA con su obra Yaxes, de la que se han hecho numerosas reimpresiones. Asimismo, sus obras Carnaval y Goma de mascar forman parte del Plan Lector de importantes sellos editoriales. En 2020, fue designada por la Casa de la Literatura como representante del Perú para el premio Cervantes Chico. Además de estar dedicada a su carrera literaria, práctica otras disciplinas, como el diseño gráfico, la acuarela y la caligrafía.

 

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